DESPERTAR Y COMPRENDER
Todos, a lo largo de la vida, cometemos errores. Sin embargo, existe una gran diferencia entre unas personas y otras: mientras unos procuran reconocerlos, corregirlos y no volver a cometerlos, otros continúan recorriendo el mismo camino, repitiendo día tras día las mismas equivocaciones.
Cuando llegan las consecuencias de esos actos, muchos tiemblan, se desesperan, se inquietan y no logran sobreponerse. Terminan cayendo en el abismo, víctimas de la misma angustia, del mismo desespero y de la misma debilidad con la que vivieron, sin comprender que no estaban atentando contra los demás, sino contra ellos mismos.
No entendemos que nuestro cuerpo es el templo donde habita la chispa divina. Dios permanece siempre con nosotros a través de nuestro espíritu, que es esa presencia viva y sagrada en nuestro interior. Sin embargo, preferimos alejarnos de esa luz y seguir las insinuaciones y los deseos que proyecta el cuerpo, cayendo en todo aquello que alimenta el egoísmo, la mentira y la codicia.
De esa manera permanecemos sometidos a un sistema que nos mantiene esclavizados por todo lo que vemos y oímos, impidiéndonos despertar a la verdadera realidad: que la verdad no se encuentra fuera de nosotros, sino en nuestro interior.
El día en que despertemos y comprendamos que somos hijos de Dios y que esa chispa divina habita en cada uno de nosotros, comenzaremos a vivir en paz y en armonía con nosotros mismos. Entonces aprenderemos a amar, respetar y valorar todo cuanto nos rodea, deseando siempre el bien para nuestros semejantes y caminando por la senda del amor, la verdad y el servicio.
Eduardo Rivera C.
Imagen: de la red