EL MILAGRO: LAS LANGOSTAS
La asombrosa BATALLA DE TUCUMÁN que ganó Manuel Belgrano.
Narrada de primera mano por un soldado participante:
Vea usted: teníamos todo para perder aquel día, pero igual nos moríamos de ganas por salir a degollar. Todavía no había amanecido, y el general iba y venía dando órdenes en lo oscuro.
Cualquiera de nosotros, la simple soldadesca de aquella jornada, sabía que nuestro jefe no tenía ni puta idea sobre táctica y estrategia militar. Que era hombre de libros y de leyes, pero que había aceptado obediente el reto de conducir el Ejército del Norte y pararles el carro a los godos.
También sabíamos, de oídas, que al enemigo lo manejaba con rienda corta un americano traidor: Pío Tristán, nacido en Arequipa e instruido en España; nos venía pisando los talones con 3000 milicos imperiales y habíamos tenido que vaciar y quemar Jujuy para dejarles tierra arrasada. Muy triste, vea usted.
Fue en los primeros días de agosto de 1812. Y el general les ordenó a los pobladores que tomaran lo que pudieran y destruyeran todo lo demás.
Le digo la verdad: el que se retobaba podía ser fusilado sin más trámite. No había muchas alternativas.
Ayudamos a arrear el ganado y a quemar las cosechas. Yo mismo lo vi con estos mismos ojos, señor: al final cuando no quedaba nada ni nadie, Belgrano salió a caballo de la ciudad y se puso a la cabeza de la columna. Íbamos en silencio, con sabor amargo, y tuvimos que cruzar tiros cuando una avanzada de los españoles jodió a nuestra retaguardia a orillas del río Las Piedras. El general mandó a la caballería, a los cazadores, los pardos y los morenos. Meta bala y aceros. Y al final, a los godos no les daban las piernas para correr, señor, se lo juro.
Sospechábamos que nos habían atacado con muy poco, pero nosotros veníamos de capa caída: darles esa leña y salir victoriosos fue un golpe de orgullo.
Voy a decirle la verdad: cuando Belgrano se hizo cargo éramos un grupo de hombres desmoralizados, mal armados y mal entretenidos. Y al llegar a Tucumán no crea que habíamos mejorado mucho, aunque marchábamos con la moral en alto.
Ahí lo tiene a ese doctorcito de voz aflautada: nos acostumbró a la disciplina y al rigor, y nos insufló ánimo, confianza y dignidad. Aunque en las filas no nos chupábamos el dedo, señor.
Pío Tristán nos perseguía con legiones profesionales, sabía mucho más de la guerra y caería sobre nosotros de un momento a otro. Nos enteramos por un cocinero que incluso el gobierno de Buenos Aires le había dado la orden a Belgrano de no presentar batalla y seguir hasta Córdoba.
Pero el general había resuelto desobedecer y hacerse fuerte en Tucumán. Adelantó oficial y tropas con la misión de que avisaran al pueblo que ya entraban para conquistar el apoyo de las familias más importantes y también para reclutar a todo hombre que pudiera empuñar un arma.
Había pocos fusiles, y casi no teníamos sables ni bayonetas, así que cuatrocientos gauchos con lanzas y boleadoras pusieron mucho celo en aprender los rudimentos básicos de la caballería. Nosotros los mirábamos con desconfianza, para qué le voy a mentir. “¿Y estos pobres gauchos qué van a hacer cuando los godos se nos vengan encima?”.
La teníamos difícil, no sé si se da cuenta. Y estuvimos algunos días fortificando la ciudad, armando la defensa, cavando fosos y trincheras, y haciendo ejercicios. “Voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza para concluir con honor”, les dijo Belgrano a sus asistentes.
La noticia corrió como reguero de pólvora. No tiene usted idea lo que es aguardar la muerte, noche tras noche, hasta el momento de la verdad. Le viene a uno un sabor metálico a la boca, se le clava un puñal invisible en el vientre y se le suben, con perdón, los cojones a la garganta.
Uno no piensa mucho en esas horas previas. Sólo desea que empiece la acción de una vez por todas y que pase nomás lo que tenga que pasar. El general finalmente nos puso en movimiento en la madrugada del 24.
Avanzamos en silencio absoluto hasta un bajío llamado Campo de las Carreras y ahí estábamos juntando orina y con ganas de salir a degollar cuando apareció el sol y comprobamos que los tres mil imperiales nos tenían a tiro de cañón.
Miré por primera vez a Belgrano en ese instante crucial, señor, y lo vi pálido y decidido. Hacía tres días nomás le había enseñado a la infantería a desplegar tres columnas por izquierda mientras la pobre artillería se ubicaba en los huecos. Era la única evolución que habían ejercitado en la ciudad. Pero los infantes lo hicieron a la perfección, como si no fueran bisoños sino veteranos.
El general ordenó entonces que avanzara la caballería y que tocaran paso de ataque: los infantes escucharon aquel toque y calaron bayoneta. Y antes o después, no lo recuerdo, dispuso Belgrano que nuestra artillería abriera fuego. Varias hileras de maturrangos se vinieron abajo.
Volaban pedazos de cuerpos por el aire y se escuchaban los alaridos de dolor. No puedo contarle con exactitud todos esos movimientos porque fueron muy confusos.
Sepa nomás que los godos nos doblaban en número, pero que igualmente les arrollamos el ala izquierda y el centro. Y que su ala derecha nos perforó a los gritos y a los sablazos. Tronaban los cañones y levantaba escalofríos el crepitar de la fusilería. Todo se volvió un caos.
Nos matábamos, señor mío, con furia ciega y no se imagina usted lo que fue la entrada en combate de los gauchos. Cargaron a la atropellada, lanzas enastadas con cuchillos y ponchos coloridos, pegando gritos y golpeando ruidosamente los guardamontes.
Parecían demonios salidos del infierno: atropellaron a los godos, los atravesaron como si fueran mantequilla, los pasaron por encima, llegaron hasta la retaguardia, acuchillaron a diestra y siniestra, y se dedicaron a saquear los carros del enemigo.
Eran brutos esos gauchos. Brutos y valientes, pero aquel saqueo los distrajo y los dispersó. Diga que los vientos estaban ese día de nuestra parte.
Y esto que le refiero no es sólo una figura, señor. Es la pura realidad. Vea usted: en medio de la reyerta se arma un ventarrón violento que sacude los árboles y levanta una nube de polvo. Y no me lo va a creer pero antes de que llegara el viento denso vino una manga de langostas. De pronto se oscureció el cielo, señor. Miles y miles de langostas les pegaban de frente a los españoles y a los altoperuanos que les hacían la corte.
Los paisanos más o menos sabían de qué se trataba, pero los extranjeros no entendían muy bien qué estaba ocurriendo. Dios, que es criollo, los ametrallaba a langostazos. Parecía una granizada de disparos en medio de una polvareda enceguecedora. Le juro que no le miento. Un apocalipsis de insectos, viento y agua misteriosa, porque también empezó a llover. Nuestros enemigos creían que éramos muchos más que ellos y que teníamos el apoyo de Belcebú.
Muchos corrían de espanto hacia los bosques. Y con tanto batifondo, sabe qué, apenas nos dimos cuenta de que nuestra derecha estaba siendo derrotada y que armaban un gran martillo para atacarnos por ese flanco. Nosotros, que estábamos un poco deshechos, nos encontramos entonces en el medio del terreno y haciendo prisioneros a cuatro manos.
Unos y otros nos habíamos perdido de vista, y el general cabalgaba preguntando cosas y barruntando que las líneas estaban cortadas. Se cruzaba con dispersos de todas las direcciones y los interrogaba para entender si la batalla estaba ganada o perdida. Y todos le respondíamos lo mismo: “Hemos vencido al enemigo que teníamos al frente”.
Belgrano permanecía grave como si nos hubiéramos vuelto locos o si le estuviéramos metiendo el perro. Ya no se oía ni un tiro, y mientras nuestro jefe regresaba a la ciudad, Tristán trataba de rearmarse en el sur.
La tierra estaba llena de sangre y de cadáveres, y de cañones abandonados. Pero el peligro seguía siendo tanto que muchos patriotas debieron replegarse sobre la plaza, ocupar las trincheras y prepararse para resistir hasta la muerte.
Creyendo aquel miserable godo que era dueño de la situación intimó una rendición y advirtió que incendiaría la ciudad si no se entregaban. Nuestra gente le respondió que pasarían a cuchillo a los cuatrocientos prisioneros. Ya sabían adentro que Belgrano venía reuniendo a la caballería.
Pasamos la noche juntando fuerzas, cazando godos, despenando agónicos y pertrechándonos en los arrabales. No tengo palabras para narrarle cómo fueron aquellas tensas horas. Una batalla que no termina es un verdadero suplicio, señor. Anhelábamos de nuevo que saliera el sol para que fuera lo que Dios quisiera. Era preferible morir a seguir esperando.
Al romper el sol, el general había juntado a 500 leales. No se oían ni los pájaros aquella madrugada del 25 de septiembre, y el jefe mandó entrar por el sur y formar frente a la línea del enemigo.
Estábamos cara a cara y a campo traviesa. Éramos parejos y, después de tanta matanza, ahora el asunto estaba realmente para cualquiera.
Fue Belgrano quien esta vez intimó una rendición. Les proponía a los realistas la paz en nombre de la fraternidad americana. Tristán le contestó que prefería la muerte a la vergüenza. Presuntuoso hijo de la gran puta, nos rechinaban los dientes de la bronca. “Han de estar nerviosos -dijo mi teniente-. Cuando un gallo cacarea es que tiene miedo.”
Miramos a Belgrano esperando la orden de carga, pero el doctorcito tenía un ataque de prudencia. Tal vez pensara que no estaba garantizada una victoria, y que no podía arriesgarse todo en un entrevero. En esos aprontes y dudas estuvimos todo el santo día, maldiciéndolo por lo bajo y agarrados a nuestras armas.
Por la noche los españoles se dieron a la fuga. Habían perdido 61 oficiales. Dejaban atrás más de seiscientos prisioneros, 400 fusiles, siete piezas de artillería, tres banderas y dos estandartes.
Y lo principal: 450 muertos. Nosotros habíamos perdido 80 hombres y teníamos 200 heridos. Belgrano ordenó que los siguiéramos y les picáramos la retaguardia. Los realistas iban fatigados, con hambre y sed, y en busca de un refugio. Y nosotros los perseguíamos dándoles sable y lanza, y escopeteando a los más rezagados. No le cuento las aventuras que vivimos en esas horas, entre asaltos y degüellos, entrando y saliendo, ganando y perdiendo, porque se me seca la boca de sólo recordarlo, señor mío.
Regresamos a Tucumán con sesenta prisioneros más y muchos compañeros nuestros rescatados de las garras de los altoperuanos.
Éramos, en ese momento, la gloriosa división de la vanguardia, y al ingresar a la ciudad, polvorientos y cansados, vimos que el pueblo tucumano marchaba en procesión y nos sumamos silenciosamente a ella.
Allí iba el mismísimo general Belgrano, que era hombre devoto, junto a Nuestra Señora de las Mercedes y camino al Campo de las Carreras, donde los gauchos, los infantes, los dragones, los pardos y los morenos, los artilleros y las langostas habíamos batido al Ejército Grande.
Créame, señor, que yo estaba allí también cuando el general hizo detener a quienes llevaban a la Virgen en andas. Y cuando, ante el gentío, se desprendió de su bastón de mando y se lo colocó a Nuestra Señora en sus manos.
Un tucumano comedido comentó, en un murmullo, que la había nombrado Generala del Ejército, y que Tucumán era “el sepulcro de la tiranía”. La procesión siguió su curso, pero nosotros estábamos acojonados por ese gesto de humildad.
Había desobedecido al gobierno y se había salido con la suya contra un ejército profesional que lo doblaba en número y experiencia, pero el general no era vulnerable a esos detalles, ni al orgullo ni a la gloria. No se creía la pericia del triunfo. Le anotaba todo el crédito de la hazaña a esa Virgen protectora, y no tenía ni siquiera la precaución de disimularlo ante el gentío.
Nosotros tampoco sabíamos, la verdad, que habíamos salvado la revolución americana, ni que el cielo había guiado el juicio de nuestro estratega ni que Dios había mandado aquellos vientos y aquellas langostas.
Recuerde: éramos la simple soldadesca y no creíamos en milagros. Veníamos de merendar godos y altoperuanos por la planicie y todo lo que queríamos en ese momento era un vaso de vino y un lugar fresco a la sombra. Pero mirábamos a ese jefe inexperto y frágil y lo veíamos como a un gigante.
Y lo más gracioso, vea usted, es que a pesar del cuero curtido y el corazón duro de cualquier soldado viejo, a muchos de nosotros empezaron a corrernos las lágrimas por el morro.
Porque Belgrano era exactamente eso. Un gigante, señor.
Un gigante…
Autor: Un soldado participante.
Gentileza: Rubén Ch.
Imagen: de la redEL REGALO DE LA VIDA
La vida es el regalo más hermoso que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros. En ella encontramos la paz, la serenidad, el amor y el servicio. También descubrimos la luz que nos guía en nuestro proceso de evolución espiritual. Sin embargo, muchas veces nos apartamos de esa realidad para sumergirnos en el mundo material.
Vivimos más preocupados por lo que podemos obtener, acumular o conquistar que por amar, respetar y cuidar nuestro propio cuerpo. Con frecuencia llegamos incluso a sacrificar nuestra salud y nuestra paz interior con tal de alcanzar bienes materiales. Es precisamente allí donde comenzamos a ser condicionados, envueltos y esclavizados.
Cada día nos sometemos más a un sistema que constantemente nos impone modelos de vida, deseos y necesidades. Nos repiten una y otra vez, a través de la televisión, la radio, las redes sociales y nuestros teléfonos celulares, aquello que debemos consumir, desear o perseguir. Poco a poco vamos perdiendo la libertad interior, sin darnos cuenta de que hemos sido programados para vivir pendientes de lo externo.
Pero nuestro verdadero ser es libre. Hemos recibido el don del libre albedrío, y podemos ejercerlo plenamente cuando aprendemos a gobernar nuestros pensamientos y a buscar la luz que habita dentro de nosotros. Para encontrar esa luz debemos permanecer serenos, vivir en paz, vibrar en amor y mantener siempre la disposición de ayudar, colaborar, guiar y tender la mano a quien lo necesita.
Cuando logramos conservar esa serenidad y ese amor en nuestro corazón, comenzamos a recorrer un camino de luz que, paso a paso, nos conduce hacia una mayor evolución espiritual.
Recordemos que estamos viviendo un tiempo propicio para despertar nuestra conciencia. Es el momento de preguntarnos quiénes somos realmente, hacia dónde vamos y qué clase de mundo queremos construir. ¿Deseamos seguir habitando un mundo dominado por la guerra, la envidia, la codicia y el egoísmo, o queremos contribuir a crear un mundo diferente, lleno de amor, paz, servicio y fraternidad, donde todos podamos vivir en armonía?
La decisión está en nuestras manos.
Autor: Eduardo Rivera C.
Imagen:
DOMINAR EL MUNDO
QUIERO DOMINAR EL MUNDO
Quiero regalar sonrisas que apaguen lágrimas, levantar al triste siendo compañía del solitario.
Quiero caminar tranquilo con una canción en el alma, donde el día sea sin que nada impida
podamos bailar al son de la paz.Quiero dominar al mundo con felicidad donde reine el amor, se aleje odio y rencor,
para llevar lo bueno sobre la maldad.Será un tiempo posible, ya no haya guerra, abriéndose puertas
para unir las fuerzas de sentirnos juntos en momentos buenos.Autor: Miguel Márquez
Imagen: de la red
CONSTRUYENDO PUENTES
No responderé una ofensa con otra ofensa
Aunque me provoquen
Aunque me inciten a hacerlo
Aunque la humillación sea la palabra
No me prestaré al ojo por ojo
Con escuchar alcanzará
Desde el silencio que sana y no del insulto que hiere
Porque mi ángel no será tu demonio
Porque mi paz no depende de guerras ajenas
Porque prefiero extender mi mano a cerrar el puño
Porque prefiero construir puentes que levantar muros
Porque a mi paso elijo dejar huella y no levantar polvareda
Porque mi fuerza está en mi calma
y el alma de amor serena refleja en mi rostro una sonrisaAutor: Patricio Massa (Algo más que palabras)
Imagen de la red.
CARTA DE UN AMIGO
De Juan Carlos a Camila
Cuando llegues a la última frase… vas a sonreír! ¿Te acordás de…?
Aquel tiempo, cuando las decisiones importantes se tomaban con un práctico “Ta, te, ti, suerte para ti” o “Piedra, papel o tijera”.
Cuando se podían detener las cosas que se complicaban con un simple… “gancho!… gancho!…”
Los errores se arreglaban diciendo simplemente… ‘No vale, de nuevo… de nuevo…’
Tener dinero, sólo significaba poder comprarte caramelos en el kiosco de la escuela
Hacer un castillo de barro, podía mantenernos felizmente ocupados durante toda una tarde. Siempre descubrías tus más ocultas habilidades, a causa de un ¿A que no te animas?’
El último que se queda es cola de perro!…
Era lo único que nos hacía correr como locos hasta que el corazón se nos salía del pecho.
Las bombitas de agua eran la más moderna, poderosa y eficiente arma que jamás se había inventado…
La palabra ‘GUERRA’ sólo significaba arrojarse papelitos durante las horas libres en clase…
La mayor desilusión era haber sido elegidos los últimos en los equipos del recreo en la escuela…
Cuando ganarse un helado era la mejor recompensa de los padres…
Y quitarle las ruedas pequeñas a la bici significaba un gran paso en tu vida.
Cuando el negocio del siglo era conseguir cambiar las figuritas repetidas por la que hacía tanto tiempo que buscabas.
Cuando ponerte la camiseta del colegio para jugar un intercolegial te inflaba el pecho.
Todas estas simples cosas nos hacían felices, no necesitábamos nada más que una pelota, una muñeca y un par de amigos (as) con los que jugábamos durante todo el día…
Si puedes recordar la mayoría de estas cosas y han hecho sonreír entonces significa que todavía queda dentro de ti algo del niño que fuiste no hace tanto tiempo.
Nunca pierdas al niño que llevas dentro de ti.Malania
Imagen de la redDÍA DE LOS VETERANOS Y CAÍDOS EN MALVINAS
El 2 de abril es una fecha significativa en la historia de Argentina, ya que conmemora el inicio de la Guerra de las Malvinas, un conflicto armado que tuvo lugar en 1982 entre Argentina y el Reino Unido por la posesión de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, ubicadas en el Atlántico Sur.
En el año 1983 se estableció el 2 de abril como día para rendir tributo a los Veteranos y caídos de la Guerra de Malvinas.Malania
Imagen y fuente de la red
CON Y POR AMOR
Cuando la humanidad comprenda que
el odio y el rencor, la envidia y la agresión,
no llevan a ningún buen puerto,
cesarán las guerras y triunfará el amor.Malania
Frase propia.
Imagen de la red
VISITA DE COLIBRÍ
Estas coloridas y delicadas aves, además de ser muy bellas y llamar nuestra atención por ser la más pequeña del mundo y por su vuelo peculiar, encierra varios misterios. Los colibríes son protagonistas de muchas leyendas e historias con gran cuota de mística y encanto. Según distintas creencias a lo largo de la historia, la presencia de un colibrí tiene varios significados para la humanidad.
Cultura maya: ‘la leyenda del colibrí de Jade’
La leyenda dice que los dioses, tras crear todas las cosas que se encuentran en la Tierra, como piedras, árboles y animales, le asignan a cada una de ellas un trabajo o misión. Sin embargo, cuando terminaron de crear el universo, se dieron cuenta de que habían olvidado algo imprescindible: un ser que tuviera la tarea de llevar de un lado a otro sus deseos y pensamientos, un mensajero.
Para los mayas, los colibríes son los mensajeros que llevan de un lugar a otro los deseos y pensamientos de los hombres y los dioses. También representan alegría, sanación y adaptabilidad.
Los dioses se dieron cuenta, de que ya no tenían maíz ni barro, materiales con los que habían creado a todos los demás seres. Fue entonces cuando encontraron un pedazo de jade (un tipo de roca ornamental), y lo tallaron en forma de una pequeña flecha. Luego, soplaron sobre ella, y algo salió volando a toda velocidad. El pequeño trozo de jade cobró vida y se convirtió en un colibrí.
Desde entonces, se dice que la cercanía de un colibrí es de buena suerte. Pero no solo eso, su presencia también indica que alguien te ha deseado el bien, y que el ave llevará tus pensamientos y deseos, tan ligeros como el, de un lugar a otro.
El colibrí en la cultura inca
Para esta civilización prehispánica, los colibríes no solo eran mensajeros de los dioses, sino que también llevaban los buenos deseos y pensamientos de otros hombres. Si alguien te deseaba bien, el colibrí tomaba ese deseo y lo llevaba hacia ti.
Cultura guaraní y el colibrí
La leyenda guaraní sostiene que es la guía de los santos difuntos. Según los guaraníes, el colibrí es el encargado de elevar al cielo a las almas que posan en una flor. Ellos sostienen que cuando un ser querido deja el plano terrestre, su alma se desprende de su cuerpo y se posa en una flor, donde se purifica, se perfuma y se conecta con la tierra.
Allí espera a un colibrí, que es el encargado de conducir hacia el paraíso. Pero de vez en cuando la guía de los santos difuntos hace una parada para que las almas puedan ver una vez más a sus seres queridos.
El colibrí en la Biblia
En Génesis, el primer libro de la Biblia, relata que en el quinto día Dios crea los animales que pueblan las aguas y el aire, mientras que en el sexto día, antes del hombre, los animales habitan tierra firme. Entre ellos el colibrí, que es considerado el mensajero del cielo que nos llama a seguir adelante y dejar el pasado atrás.
Cultura azteca: el “Mito de Huitzilopochtli y los colibríes”
Para esta cultura, los colibríes eran valientes guerreros en la vida, debido a su tamaño pequeño pero enorme fuerza y energía para volar. Así es como se convirtió en el símbolo de Huitzilopochtli, dios de la guerra, advocación solar y patrono de los mexicas, llamado también ‘Colibrí Zurdo’.
Colibrí: “espina de turquesa o espina preciosa”, fue una de las aves más sagradas de los antiguos mexicanos, ya que representaba al dios Huitzilopochtli, quien lo llevaba en su tocado, siempre prendido de una flor que representaba el corazón.
Por esto, la representación del ave en vida se debe al llamado para las personas que deben ser fuertes ante la adversidad y confiar en las capacidades personales. Dicen que los guerreros aztecas usaban amuletos con la figura de un colibrí para atraer energía y fuerza.Imagen destacada: Rosana G. B.
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NATURALEZA HUMANA
Huir del viento,
para que no te dañe la piel.
Huir del sol,
para que no te queme ni te salgan manchas.
Huir de la lluvia,
para que no se te estropee la ropa.
Huir del calor,
encerrándote en una fresca habitación,
para no sofocarte.
Huir del frío,
para no tiritar y pescarte una gripe.
¡Y de cuántas más cosas!
De la guerra, de un tornado,
de un animal salvaje,
de un grupo humano agitado.
Podríamos agregar muchos más.
Huir. Huir. Huir.
Pero…NUNCA HUYAS DEL AMOR.Malania
Imagen: propia
CAMINO DORADO
Soleado el día
perezoso domingo.
La gente duerme.Ni un ave vuela
se han quedado dormidos.
Prima el silencio.Paz en la tierra
en este continente.
En otros, guerra.Semana Pascual
Todos juntos roguemos
por la Paz mundial.El Universo
clama por nuestra ayuda.
Nos necesita.Los misioneros
de almas bondadosas
por siempre ruegan.Malania
Imágenes: R. G. B. y M. J. T.
