AGUJEROS
Las mañanas sin tu saludose vuelven sordasno transmiten nadani el eco de mis aventuradas palabras.Es como pasar de la luz del sola la sombra fría de la lunaes como ir y venir entre negras rocascon hierba crecida y agujereadapor los escarabajos que pululano las orugas que se escondenentre las hojas marchitas y oscuras.Así vive mi alma en un túnel de dolorsin tus respuestas que alienten alguna razónpara dar sentido a volver algún díay poder ver el generoso soldesparramando su dorada calidezsobre las montañas de tu vida y la mía.Malania
Imagen propiaEL COYUYO Y LA CIGARRA
Otra historia sobre el coyuyo y la cigarra:
En el inicio de la vida en el universo, la primera creación femenina: Mammitu/Nammu, nuestra madre universal (conocida como ISIS en Egipto, o NINKHARSHAG en Sumeria, o simplemente como “Meri” por otros pueblos), había obtenido el permiso de la Fuente de Vida Universal, para crear el Jardín de sus sueños. Le entregaron un lejano planeta vacío en la periferia de la galaxia, casi nuevo, desconocido aún. Le fue entregado el planeta Tierra.
Allí ella creó las montañas, los ríos, los mares, la nieve y las nubes. Al verlo vacío y de colores tan simples, desarrolló la flora, llenando la superficie del mundo de infinitos colores. Quería más, y creó los peces y animales acuáticos en mares y ríos, insectos y todo tipo de animales sobre la tierra, esperando coronar la creación con algo especial, que había aparecido en sus sueños: Un animal que sería su legado, y llevaría un regalo de los dioses: un ALMA propia.
Al crear aquel ser elegido, y en su felicidad de lo hecho, le dio atributos especiales, como reinar y alimentarse de lo que desease de toda su creación anterior, descubriendo, y aprovechando todo aquel mundo. Era el ser humano recién creado, era su legado al universo.
Al darse cuenta de que esa creación de sus sueños no sabía alimentarse, pensó en ayudarle a elegir, y a encontrar los tiempos y los momentos en que los frutos estuviesen maduros y fuesen comestibles.
Para ordenar su Jardín, desarrolló nueva vida. Abejas que provean la dulce miel, frutas perfumadas que atraigan por sus deliciosos olores, granos que lo alimenten, y cascadas en los ríos para atrapar peces con facilidad. Todo para comer. Pero sentía que algo faltaba. Algo que diese la alerta de la inminente madurez de los frutos.
Dándose cuenta, creó un ser que indicase a los hombres los tiempos de cosecha, para alimentarse de las bondades de la naturaleza, y vivir mejor. Y así, creó a los COYUYOS y CIGARRAS. Los creó con un cantar único, que todos entenderían, y en todos los colores, para demostrar la diversidad de la creación. Por eso encontrarán coyuyos verdes, grises, marrones, amarillos, hasta rojos. Pero todos cantarán la misma melodía.
Desde ese momento, cada vez que un coyuyo canta, el hombre cree que el canto del coyuyo hará madurar las vainas del algarrobo, las sandías del campo, los mistoles y chañares del monte, las tunas de entre las pencas, y todo lo que lo rodea para alimentarse. Reconoce la señal de la madre universal, que le permite sobrevivir y reproducirse.
También reconoce que aquel animal sagrado que fue generado para ayudarle, canta por amor a la vida. Con el tiempo, el hombre aprendió cómo funciona la vida y el universo y -en su alegría- le dedicó al silbador de la vida y madurador de los campos, su amor y devoción en sus propias canciones.
Por eso también el hombre le canta al coyuyo, y está bien que así sea.Texto de R. E. Ch.
Imagen de la red.
EN LA CASA DE LA MONTAÑA
Hay cosas molestas en momentos de la vida, que importan mucho o poco pero sí, son molestas, porque hacen ruido.
Seguramente hay un porque. Es que cada cosa, cada situación tiene una razón, una causa, un porque.
Por ejemplo qué simboliza el ruido de una cuchara contra una taza al revolver el café.
O la rigidez de una servilleta almidonada sobre un plato vacío.
O un árbol que creció inclinado y no en forma vertical como la mayoría.
O un camino sinuoso en vez de ser recto.
O una casa pequeña construida en medio del bosque o en la olla entre montañas. ¿Por qué allí y no en otro lugar poblado?
Pero me voy a detener en el ruido de la cuchara. El jovencito se levantaba antes del amanecer, se preparaba el desayuno en la cocina y despertaba a la señora, dueña de casa, con el ruido de la cuchara al revolver el azúcar en la taza de café. Era tanto el ruido que parecía una campanilla de esas que se usan para llamar a la servidumbre o en las iglesias para anunciar la Consagración. ¿Lo habrá hecho a propósito o sin darse cuenta de lo que ocasionaba? La señora no quería reprender esa actitud, y siguió aguantando el mal momento. El joven salía a esperar el ómnibus rumbo a la Universidad y ella volvía a retomar el sueño, aunque a veces, prefería levantarse y comenzar con sus actividades domésticas diarias.
El suplicio terminó, cuando después de muchos golpazos de puertas al cerrar, ella no aguantó más y se lo dijo. El joven enojado decidió mudarse.
Nunca más se supo de él.Imagen: C. J. V.
POR UN CAMINO NEVADO
Con cierta expresión confusa pero tierna, ella, con la mirada y el corazón, seguía buscando por el camino de la vida un nombre que no encontraba.
Cerraba los ojos y lo veía con todos los rasgos característicos que no se le borraban. Sentía un mundo demasiado distante, demasiado elevado. Él era doctor en leyes muy destacado.
Aunque pensaba, que “el resto” también puede estar presente aquí o allá, al final del recorrido.
El camino y los campos estaban cubiertos de nieve. Las montañas parecían vestidas con bonetes blancos. Si hacía frío ella no lo sentía en la piel, pero sí en el corazón.
A veces duele más el alma que el cuerpo, -pensaba- y no hay remedio para curar eso. O sí, pero de esos que dopan y emborrachan. No sirve, porque cuando pasa su efecto el dolor se vuelve más grande aun.
Quizás el pasado no muy lejano, que recordaba casi a diario y en cualquier momento, marcó aquellas horas solemnes que pasaron juntos.
Al final del camino nevado reflexionó y pronunció como en susurro:
Cada cual puede rehacer la obra de su vida a su manera, con topetazos desordenados o en armonía. Depende de cada uno.Imagen: C. J. V.
NUBES EN MAHÓN
Sube el aire,formando el rocío,sosteniendo las gotassuspendidas en el vacío.Las montañas ansiosasesperan la lluviamientras tanto contemplancúmulos y cirros,estratos y nimbos,en blancos, azulesgrises y amarillos,suplicando que surjael aumento de espesorpara que al fin se produzcauna precipitación.MalaniaILUSIÓN ÓPTICA
Escudriñaba cada matiz,
anonadada
ante el espectáculo inigualable.
Entre las nubes una cara
y un sol que opaco estaba.
Entre las montañas una casa
y los picos con nieve en avalancha.
Un camino con barro, piedras,
nieve y charcos, en señal
de la lluvia de noches pasadas.
En el arroyo un criadero
de carpas doradas.
Y a ambos lados el trigal
que no se intimida
ante el frío de las heladas,
ofreciendo un espectáculo
de colores incomparables.
Imagen: C. J. V.
Haikus Natura XI
Piedras y lagos
bosques en las montañas
paisaje bello.
- Tinta azabache
se apagan las estrellas.
Mar tenebroso.

- Tinta azabache
ESPEJO DE AGUA
Cuando te miras al espejo,
tu oreja izquierda
parece ser la derecha,
lo mismo con los ojos,
los brazos y las piernas.
Cuando los árboles se reflejan
en el agua cristalina del lago
aparecen como invertidos
con la copa hacia abajo,
al igual que las montañas
aparecen con sus picos
en posición invertida.
Todo esto tiene una explicación,
pero para mí,
es un misterio de vida.Imagen del Lago Espejo de E. P. L.
INVERNAL
Sumergida en el mar de la alegría, jugó con sus alas, acarició su piel, se enamoró con sus besos. A merced de una alacha impló sus pulmones con aire de mar y algas.
A lo lejos, en el fondo divisó una dádiva, revelación escrita en colores tornasolados. Su corazón batía las olas extraviadas y al acercarse, apenas podía ver entrecortado: “m-i a-m-o-r”. Pero la nutación era constante y no le permitió leer lo que decía. La tomó entre sus manos y sintió como la resina verde amarillenta de las letras se adherían a sus dedos. Impulsivamente, ascendió hacia la superficie y con sorpresa no se encontró en la misma playa por donde había ingresado Era un fiordo hundido entre montañas congeladas lo que la esperaba. El sol apenas alumbró sus manos de letras secas y heladas. Con sus ojos humedecidos por lágrimas marinas leyó: “gracias mi amor, puedes irte al país del cual procedes, perdón, ya tengo que irme y no podré volver”. La dádiva desde lejos no había sido la misma, el fiordo la había transformado con su helado plasma.Imagen: E. P. L.