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    LA CANCIÓN DE JACINTO

    El tiempo es una piedra pesada que se hundió en el fondo del lago. Los días son idénticos a los atardeceres y las noches se sienten infinitas. Este rincón de tierra permanece cercado por un bosque de colosos que vigilan el paso a cualquier otro mundo posible. Aquí, la vida siempre tuvo el ritmo de las ondas mansas que Jacinto contemplaba desde su balsa de madera joven.

    Jacinto era la fuerza del pueblo. Lo recuerdo con los brazos curtidos por el sol y la espalda ancha como un remo de encino. Cuando era muchacho, sus cabellos oscuros bailaban con el viento de la tarde mientras traía la pesca en redes que siempre parecían a punto de reventar. Las mujeres se asomaban a las puertas para verlo pasar; traía consigo el olor del agua viva y el brillo de las escamas plateadas que relumbraban bajo el sol. Jacinto era el pescador más grande de nuestra historia; su nombre significaba alimento y orgullo. Caminaba por las calles con paso firme, vistiendo sus harapos de faena con la dignidad de un rey de agua dulce.

    Una tarde, el bosque decidió hablar. El sonido vino desde las raíces de los árboles.

    (El cuento continúa) se puede seguir leyendo en la web del autor Eduardo Leñero: https://puroscuentos.com/

    Imagen: del autor