Cuentos

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    LOS TRES GARFOS

    El asado crepitaba lento bajo el cielo abierto del campo. Entre risas y charlas distraídas, mi tenedor cayó al suelo. Un descuido, pensé. Pero casi enseguida, el de mi amiga siguió el mismo destino, y sin darnos tiempo a comentar, el de mi hijo cerró la extraña secuencia. Tres tenedores al hilo, como si el almuerzo hubiera marcado un compás invisible.

    Nos miramos en silencio, sorprendidos. El campo parecía escuchar. Entonces entendí que no era torpeza ni casualidad: era una pausa que la vida nos pedía. Tres caídas para recordarnos que estábamos ahí, juntos, compartiendo algo simple y valioso. El asado podía esperar; el momento no.

    Desde entonces creo que algunas señales no anuncian desgracias ni augurios, sino que nos invitan a bajar el ritmo, a volver al presente. Porque a veces, hasta un tenedor que cae tres veces seguidas, solo viene a decirnos: deténganse, miren, disfruten.

    Malania

    Imagen de la red

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    LA SOSPECHA

    (Tercera parte)

    En se momento don Carlos se dio cuenta que, efectivamente, el Gringo, el hijo menor de la viuda, hacía tiempo que no estaba en el barrio y tampoco la Marta, la hija mayor.
    – Sabe que tiene razón, doña, ni el Gringo ni la Marta.
    – Ud no es buen observador, le espetó la vecina.
    – Y dónde andan.
    – No sabemos porque la viuda no quiere hablar de ellos. Eso fue después que la policía le dijo que Raúl no había muerto del golpe en la cabeza, sino que había sido envenenado.
    Don Carlos, quedó sorprendido, ¿envenenado?, se dijo.
    – Cómo es eso.
    – Miré la policía le dijo eso a la viuda unos días después del entierro y no hizo ningún comentario. Solo le dijeron que Raúl habría tomado veneno de hormigas y eso era probable, ya que era un poco descuidado y nunca se lavaba bien las manos después de manipular el veneno. Y mire, don Carlos, que yo soy capaz de hacer hablar a un muerto, sin embargo, no le pude sacar una palabra a la viuda.
    Se hizo un silencio no muy largo y la chismosa le preguntó casi al descuido,
    – ¿Sabía que la viuda es abuela?
    – -No, que iba a saber si casi no me meto con los vecinos.
    – Si, es de la Marta y el nene ya tiene casi un año y medio.
    – Y dónde está ella, preguntó don Carlos.
    – Se fueron ella y el Gringo pocos días después del entierro. La viuda quedó muy triste, pero ya le están rondando la casa y se va alegrando poco a poco.
    – Y ¿Quién es el padre?, ¿Ud sabe?
    – No hay padre, don Carlos.
    – ¿Cómo que no hay padre, fue el Espíritu Santo?
    La chismosa no dijo nada, solo lo miró con picardía y se fue a su casa.
    Don Carlos quedó pensativo. Qué raro es todo esto, pensó. Empezó a recordar detalles de aquella muerte. Fue el Ernesto el que le dijo que Raúl había muerto, pero no le supo explicar bien lo que había pasado. Don Carlos quedó pensativo. En ese momento sintió que alguien le chistaba. Se dio vuelta y el Ernesto le dijo en silencio:
    – Vino la Marta con su hijo que ya tiene dos años y medio, ¿no la quiere ver?,
    – Y para qué le dijo Don Carlos.
    – Bueno Ud sabe, los chicos siempre delatan al padre, le dijo el Ernesto y lio miró con picardía.
    Don Carlos se quedó pensativo. Así que conociendo al hijo conozco al padre…¡qué bueno!…Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos comentarios que alguien le hizo en voz alta. Don Carlos caminó por la vereda y se dirigió hacia donde escuchó los ruidos. Cuando llegó a la esquina giró a la derecha donde estaba la casa de la Raquel. Había bullicio porque se habían acercado para saludar a la Marta que acababa de llegar. Tenía al nene en brazos. Don Carlos sintió curiosidad y se acercó despacito hasta el grupo. La Marta lo vio y sonriendo le saludó:
    – ¡Buen día don Carlos! Cómo anda.
    – ¿Muy bien gracias, y vos?
    – Y aquí estoy, de paseo con mi hijo.
    Y al decir esto se lo presenta y don Carlos lo miró y entendió lo que le acababa de decir el Ernesto: Juliancito, era el calco del viejo Raúl. (Fin)

    Autor: Manuel Clemente Rodríguez

    Imagen: de la red

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    LA SOSPECHA

    (Segunda parte)

    – Ya son las cuatro, me voy a ir un rato al velorio, le dijo a su esposa.
    La sala no era precisamente una sala alegre, pero ese día le pareció que estaba un poco más iluminada y eso la hacía menos agobiante. La Luz, pensó, siempre es bienvenida. Donde hay luz, las tristezas se van. Algunos vecinos estaban en la vereda cuchicheando porque en los velorios nadie habla en voz alta. Se acercó y, como era conocido, lo saludaron.
    – Qué tal don Carlos.
    – Muy bien. Buenas tardes.
    Don Carlos se quedó parado en la puerta de la sala. Deberé entrar porque nadie saldrá a recibirme, pensó. En ese momento salió la viuda, llorosa acompañada de dos o tres vecinas. Don Carlos se sacó la gorra para saludarla, pero ella siguió su camino sin advertirlo. Cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad, descubrió algunas coronas, pocas, y una de las hijas de ella, ya que Raúl se había juntado y no tenía hijos con esa mujer. Ella, en cambio, tenía tres hijos de dos maridos distintos. Falta el gringo, se dijo don Carlos, y también la Marta, la otra hija. El gringo, así le decían a ese muchacho alto, flaco, de pelo castaño claro, de unos 23 años. El Gringo, pensó don Carlos. La hija que estaba con otras chicas, no parecían muy tristes. Charlaban con dos o tres amigas comentando no sé qué cosas. Algunas vecinas sentadas como haciendo el aguante, sin decir nada, observaban todo.
    Se acercó al cajón y allí lo vió al bueno de Raúl. Tenía la cabeza como vendada, con algún rastro de sangre mal lavada por el rostro. Ni le lavaron bien la cara, pensó don Carlos. Se hizo la señal de la cruz y rezó algo como pidiendo a Dios que le de la paz porque después de todo Raúl era un buen tipo. Jamás jodió a nadie. Siempre vivió de su trabajo. Claro ya hacía unos años que estaba solo, pues su mujer se le fue con otro y él empezó a rondar a la madre del Gringo hasta que un buen día se quedó en su casa. Y así fue nomas. Ahora estaba allí, sin vida, sin aliento con los ojos casi cerrados. Ya dejaste de sufrir, pensó don Carlos. Luego de unos minutos se fue para la calle. Hacía calor allí dentro.
    Terminó el velorio, lo llevaron al cementerio y no se habló más de Raúl. La vida siguió. Así nos pasará a todos, pensaba don Carlos mientras ofrecía su mercadería.
    Ya nadie se acordaba del pobre Raúl. El tiempo había pasado, sin embargo, la imagen de Raúl no se le iba de la cabeza. Cómo lo mataron, por qué lo mataron, quién lo mató. Eran preguntas que o tenían respuestas para don Carlos, ni para nadie.
    Un buen día, siempre hay un buen día, don Carlos se encontró a solas con una de esas vecinas que les gusta hablar de las cosas más secretas de los otros. Hacía rato que esperaba encontrarse a solas con ella y como quien no quiere la cosa, le dijo que no podía olvidarse de Raúl y ya habían pasado varios meses.
    – Si, dos años don Carlos, le dijo la vecina.
    Se hizo un silencio apenas interrumpido por el lento masticar del caballo y por la soledad del mediodía.
    – Nunca supimos qué pasó, dijo don Carlos, como al pasar.
    – Pero Ud, ¿no se enteró?, le descargó la chismosa.
    – De qué tengo que enterarme.
    – No vio que el gringo hace tiempo que no vive por aquí?

    Autor: Manuel Clemente Rodríguez

    Imagen de la red

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    LA SOSPECHA

    Mucho tiempo pasaría desde aquel día nefasto en el que se habría de descubrir la trama urdida por el hijo menor de la viuda.
    Por aquellos años solía pasar un verdulero que agitaba la calma de la mañana en el pueblo callado. Ofertaba sus verduras, sus frutas maduras y perfumadas con el aroma consabido de la estación. Naranjas, mandarinas, manzanas traídas de Rio Negro, kiwis. Al cabo de unos minutos, las vecinas salían de sus casas para comprar alguna cosa o para chusmear entre ellas las últimas novedades. El verdulero, que las conocía muy bien, tenía para cada una un comentario referido a lo primero que le llamaba la atención. El caballo, manso y paciente, esperaba la orden de seguir adelante, mientras masticaba algún mato de pasto semiseco. Ese día las vecinas estaban casi en silencio. No hablaban y don Carlos, el verdulero, sospechó que algo fuera de lo común había pasado. No dijo nada, pero sus oídos estaban sumamente atentos a cualquier comentario. Pero nada, ni una palabra. Apenas un ‘buen día’ rápido como si hablar fuera considerado una especie de delación. Eso era, precisamente, lo que flotaba en el ambiente. Escuchó un comentario que le llamó poderosamente la atención: alguien había muerto. Pero la muerte no lo había buscado con el lento carcomer de una enfermedad. Había llegado y en breves minutos se lo llevó: un asesinato.
    Don Carlos no sabía cómo había venido la mano. Un crimen, se dijo pensativo. Poco a poco las mujeres se empezaron a soltar.
    – Lo mataron a don Raúl.
    – Pero quién, como fue, preguntó don Carlos.
    – Mire hasta ayer andaba, como todos los días, caminando por el barrio. Fue a la nochecita cuando nos enteramos. Lo van a velar recién después del medio día porque la policía tiene que hacer una autopsia pues se trató de un crimen. Lo encontraron con un golpe feroz en la cabeza.
    Nadie sabía nada. El barrio quedó sumido en un gran silencio.
    Cuando terminaba la recorrida, don Carlos regresaba a su casa. Ese día terminó antes. Tal vez sea porque la gente quedó impresionada, se dijo don Carlos. Lo cierto fue que cuando llegó a su casa, su esposa lo primero que le dijo,
    – ¿Te enteraste?,
    – De qué tengo que enterarme, le dijo Don Carlos.
    – Lo mataron a Raúl y parece que fue alguien de la familia.
    – Si me enteré, pero nadie me dijo nada. Parece que no quieren hablar del tema.
    Don Carlos se calló. No sabía muy bien por qué no quería hablar del asunto, aunque sus pensamientos volvían sobre Raúl, un buen hombre, al menos eso creía él. Se sentó para el almuerzo y prendió el televisor, pero sus pensamientos volvían sobre el pobre Raúl. Siempre pensé, se dijo a sí mismo, que no era bueno para él juntarse con la Raquel. Nunca se lo había dicho. La Raquel no es mala pero ya había estado con varias parejas y siempre sus separaciones terminaban mal. Claro, ¿qué separaciones terminan bien? Tendré que ir al velorio. Comió casi sin darse mucha cuenta de la riquísima sopa que había preparado su esposa. Del televisor ni se acordó. Lo miraba sin verlo. Cuando terminó su almuerzo fue a echar una siesta.

    Continuará.

    Autor: Manuel Clemente Rodríguez (Manu)

    Imagen: De la red

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    ÚLTIMA LLAMADA

    Esperando encontrarse solo, Don Jacinto aprovechó para hacer su última llamada.
    Sabía que su tiempo llegaba al final, tomó el teléfono y discó un número que llevaba en mente.
    Lentamente tomó el tubo del mismo, al colocarlo sobre su oído escuchó una voz que lo llenó de paz.
    Quien le hablaba lo hacía con cierto amor, no podía dejar de prestarle atención.
    De repente la misma le hace una pregunta
    -¿Sabes quién soy y por qué te digo estas palabras?-.
    Con voz temblorosa Don Jacinto se animó a responder
    -Para mí eres Dios-.
    Con el gran creador estaba hablando, aprovechó para pedirle si podía hacer del mundo un lugar mejor para sus nietos, y derramó lágrimas
    Su nieto más pequeño lo estaba escuchando tras la puerta entreabierta, igual que él derramó lágrimas en silencio.
    Lento se alejó mientras el anciano finalizó la última llamada, todo se llenó de calma reinando la paz en el lugar.
    Así Don Jacinto se levantó y salió de la pieza rumbo a su cuarto echándose a dormir.
    Cerró los ojos para no volver a despertar.
    Se fue sin decir adiós en su soledad, quedando un dejo de nostalgia. 

    Autor: Miguel Márquez    

    Imagen: de  la red. Gentileza del autor del cuento.

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    EL NIÑO Y EL PERRO

    Un niño llamado José, todos los días cuando no estaba en la escuela, recorría el pueblo con su perro.
    Llegaba a todas las casas que podía para preguntar si no necesitaban algo, estaba siempre dispuesto a hacer mandados.
    Era muy conocido en el pueblo además de ser muy querido por todos, nunca se negaba a lo que los vecinos le pedían.
    Nadie pedía algo que un niño no pudiese hacerlo, y ahí él con su perro, firmes a cumplir con lo que le pedían.
    Por cada mandado o tarea le daban una moneda que no pedía y las iba juntando, al final del día se las daba a su madre, era de familia muy humilde.
    Así pasaba sus días para poder ayudar en las compras de alimentos para sus hermanos pequeños.
    Dónde iba, su perro lo seguía, se habían vuelto inseparables, tanto el sentimiento entre ambos, que no se los veía solos.
    Si veían al animal frente a un comercio José estaba dentro realizando compras.
    Una tarde fría de invierno el niño encontró a su perro agonizando e intentó todo para que mejorase.

    Todo lo que hizo y buscó, no dio resultado, su mascota terminó falleciendo, eso entristeció mucho al niño.
    Ya no era el mismo sin su perro, con el pasar de los días se lo dejó de ver a José, y en el pueblo se preocuparon por él.
    Cuando de la escuela lo fueron a ver, estaba en su casita simple muy enfermo en cama.
    Llevaron a un médico que lo trató pero nada pudo hacer por él, se encontraba muy grave.

    Decidió que lo internaran en un hospital en la ciudad, no dio garantía de que pudiese mejorar aunque haría todo para eso.
    A los cinco días el pueblo lloró su muerte y la escuela permaneció cerrada estando de luto.
    Un anciano sentado frente a la sede vecinal del barrio donde el pequeño era velado miró al cielo.
    Llorando dijo en voz alta para que todos escuchasen.
    Se fue el niño y el perro, nada será igual, no pasará su figura con su mascota siempre juntos
    Así todos despidieron a José que, como su perro se ganaron el cariño de todos.
    Con el tiempo la única plaza del pueblo pasó a llamarse Plaza José y en ella un monumento al niño con su perro. 

    Autor: Poeta uruguayo Miguel Márquez

    Imagen: de la red

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    PATAS Y GARRONES

    Había decidido ampliar su vivienda, ya que cuando la compró en la ciudad con el dinero que le pagaron por su enorme casa de pueblo con patio y jardín, tenía solamente dos ambientes y según ella, era muy pequeña para vivir con su hija única, Chita. En la ciudad las propiedades son más caras que en los pueblos.
    Económicamente no estaba muy bien pero, también contaba con unos ahorros y antes que se le terminen en gastos superfluos, prefirió comprar materiales de construcción.
    El hermano de la tía Julia, Mijailo, era albañil, y aprovechando que estaba sin trabajo en ese momento, ella decidió ayudarlo de alguna manera –eso fue lo que dijo- y lo contrató –sin contrato escrito, por supuesto-
    Mijailo vivía en un pueblo cercano por lo que el día que debía viajar a la ciudad donde vivía su hermana Julia, preparó todas las cosas necesarias para el trabajo que debía realizar, y su hijo mayor lo acercó a la parada de colectivos en su Fiat 600.
    Lo que no se dieron cuenta fue que mientras ellos cargaban las cosas la perrita del hombre se había acomodado en la parte de atrás del auto. Llegaron a la parada con el horario justo y el colectivo ya estaba, por lo que apurados bajaron y trasladaron las pertenencias que, ayudados por el guarda del colectivo de media distancia colocaron en el baúl del ómnibus. Aprovechando ese momento, la perrita llamada Cholita sin mucho pensar, se subió al colectivo antes que Mijailo y se acomodó debajo de un asiento que estaba vacío, lugar que luego fue ocupado por su dueño. A mitad de camino, algo se le movió entre sus pies, y recién en ese momento se dio cuenta que Cholita le estaba acompañando.
    La tía Julia no tenía mascotas y tampoco las apreciaba, así que le pidió a su hermano que de alguna manera se librara de ella. Tuvo que llamar por teléfono –fijo porque antes no había celulares-  para que su hijo la vaya a buscar.
    A pedido de Julia, su hermano compró cuatro patas de vaca y cuatro garrones y se las llevó. Con eso ella preparó jalea o gelatina, con algunas hierbas, ajo, y los pocos condimentos que tenía. Una vez lista la comida, guardó en la heladera en diversos botes –fuentes- para que se solidificara. Salió tanta cantidad que comieron la jalea durante una semana, por lo que Mijailo pensó: nunca más le llevo patas y garrones, ya que se hartó de comer lo mismo durante muchos días seguidos, y por supuesto, cumplió, a pesar de los ruegos de Julia.
    Terminada la obra de construcción, Mijailo esperaba el pago. Pero su hermana lo único que pudo darle –según ella no tenía más en ese momento- fue para su pasaje de regreso al pueblo.
    Pasaron los días, semanas y meses, y a pesar de los reclamos de su hermano, que había trabajado casi un mes en esa obra, nunca recibió la paga. Ella sabía que él tenía familia y necesitaba el dinero, pero vaya a saber los motivos y su situación económica, jamás fue a saldar su deuda. Por suerte la esposa y los hijos de Mijailo nunca se lo reclamaron.
    Después de algunos años, Julia falleció. Su hija no dio aviso a los familiares del pueblo donde había nacido y habían tenido esa casa grande con patio y jardín.  Realizó en secreto los trámites en la oficina correspondiente, mandó a hacer el pozo para el entierro, y la trasladó en el coche de la funeraria directamente al cementerio.
    Cuando se enteraron los hermanos y algunos sobrinos, fueron a visitar la tumba al poco tiempo, llevándole velas y flores.   

    Malania

    Imágenes: de la red

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    MELANCOLÍA

    Omy y su mamá Elyn se iban por el mes de febrero a una cabaña alquilada en la playa mientras Alex se quedaba trabajando y se reunía con ellos los fines de semana.
    Como la mayoría de los maridos de aquel país, presumían de no tomar jamás vacaciones porque eran indispensables en sus trabajos.
    Según Elyn, esposa de Alex, era una expresión más del machismo criollo. ¡Cómo iban a renunciar a la libertad de solteros de verano que podían gozar! Además habría sido mal visto que Alex, que era médico, se ausentara del Hospital durante un mes. Pero su motivo principal, era que la playa le traía malos recuerdos, de cuando vivió muchos meses atendiendo a los refugiados en el campo de batalla y se había propuesto no volver a pisar más la arena.

    Lo que Elyn no sabía era que Alex aprovechaba la soledad de esos días para dar rienda suelta a su melancolía, esa que permanecía en el abismo de sus entrañas, en cada rincón de su cuerpo, esa que se había instalado para -quizás- no abandonarlo jamás. Se le instaló ingenuamente como un huésped descortés. Aprovechaba para fumar cigarros de esos que se fabricaban con hojas y tabaco picado como lo hacía su abuelo, y los llamaba puros.
    Entre las cenizas que caían veía sus anhelos envueltos en historias rotas y un sentimiento de derrota de la vida misma.
    Sentía una presencia callada y en su soledad notas de ausencias.
    Su cuerpo se estremecía al mínimo ruido de aviones y de trenes, que si bien no vivía cerca de las estaciones, según el sentido del viento se escuchaba. Su propia sombra a veces lo asustaba, pero era su compañía junto al sol de los buenos días. A veces le daba impresión de que el tiempo no avanzaba, que estaba detenido en el espacio, sobre todo en las noches de desesperanza, esperando la aurora y el nacimiento de un nuevo día.
    Todo volvía a la normalidad cuando Elyn y Omy volvían a la casa.

    Malania

    Imagen: propia

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    EL LAGARTO

    Ella había terminado de limpiar la galería que da al patio de su casa y se disponía a preparar el almuerzo, cuando escuchó un ruido extraño, como si algo pesado se arrastrara por el suelo.
    Salió al patio por la puerta del frente y solo vio las ramas de los árboles que se movían con el viento. Volvió a ingresar a la casa, pero el ruido era cada vez más intenso. No convencida con lo que había visto antes, volvió a salir y al mirar detenidamente más de cerca, sus ojos no podían creer lo que veían. Hacia la casa, un enorme lagarto se arrastraba lentamente. Su piel gruesa y escamosa brillaba con el sol. Su cola larga se movía hacia un lado y otro como dando impulso a su recorrido. El movimiento de las plantas y el crujir de las hojas secas parecían acompañar su respiración. Sus ojos pequeños pero alertas la encandilaban, o al menos eso le parecía porque se le había helado la sangre.
    No sabía qué hacer, porque recordó que, según dichos de personas entendidas en la materia, si él se asustaba, para defenderse podría atacar.
    Permaneció inmóvil hasta que se animó a buscar el teléfono móvil que había dejado sobre la mesa. Lo filmó y fotografió; y como si eso lo hubiera disgustado, comenzó a sacar su larga lengua. Pero luego, ella se dio cuenta de que había hormiguitas y él las venía comiendo.
    Su desconcierto aumentaba, mientras el enorme animal empezó a recorrer la galería sacando su lengua para capturar algunos insectos que ella no veía.
    En vano fue su gran susto, porque el lagarto ajeno a su presencia, o quizás no, continuó disfrutando de su banquete. Moviéndose con una calma inquietante, dio un giro rápido y se deslizó hasta descender nuevamente al jardín. Desapareció entre las ramas pero el eco de sus pasos sobre el suelo de tierra parecía resonar en su cabeza.
    Su corazón  latía rápido y mientras cerraba la puerta de la casa, que suele mantener abierta por el intenso calor, se preguntaba qué haría en caso de que regresara. ¿Ya no podría mantener la puerta abierta? ¿Habrá sido esta una visita en busca de comida o tendrá su cueva en un sitio cercano?
    Cuando llegó su marido le comentó lo sucedido. Él con tranquilidad le dijo:
    – Es el lagarto Láser, nuestra vecina lo tenía de mascota. Ahora que se mudó a otra localidad, y no lo pudo llevar, vivirá buscando comida por los alrededores. Ojalá nadie le haga daño.
    Ella lo miró desconcertada porque nunca antes lo había visto.
    – La vecina lo tenía encerrado en una habitación y lo soltaba solo por las noches, es por eso que no lo habías visto antes- agregó el hombre.
    ¿Cuál será el destino del enorme Láser?

    Malania

    Imagen: Ramona M. T.

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    COLIBRÍ TORNASOL

    En un atardecer tranquilo, el sol iba desapareciendo dejando prolongadas sombras sobre el patio y el jardín. El aroma de los jazmines se expandía por todo el cálido ambiente de primavera. En un rincón del patio, cercano adonde la joven estaba sentada, rompió la calma el suave ruido como si fuese de un diminuto ventilador. Era un pequeño colibrí que la visitaba.
    Tal vez cansado por la intensidad de su ajetreo, escogió ese lugar para descansar. Un cable y una rama le sirvieron de posada.
    Pero no le bastó posarse solamente sino que se le acercó para pedir mimos.
    Quizás estaba asustado, y la paz del lugar lo acogió en ese instante.
    Como si supiera que ella no le haría daño el colibrí permitió que lo tocara.
    Ella le acarició son suavidad el lomo y la pancita del pequeño y frágil pajarito. Su pecho brillaba como una joya mientras sus alas descansaban por un momento.  El colibrí en agradecimiento y con expresión tranquila y soñolienta, cerraba los ojitos al ser acariciado. Su pequeñez parecía ser un milagro de la naturaleza. El aire alrededor se llenó de una quietud especial.
    De pronto un leve estremecimiento recorrió sus alas pero no voló.
    En ese instante ella sintió una conexión profunda y especial como si el pequeño colibrí estuviera agradeciendo por ese momento de descanso.
    Un rayo de luz se filtró por entre las ramas del naranjo e iluminó su cuerpito, abrió los ojos, la miró con una expresión que contenía miles de historias.
    Luego, con un delicado batir de alas, se alejó, zumbando de nuevo por el jardín, como si nunca hubiera hecho una pausa.
    La joven mujer sintió una sensación de calma en el corazón. El patio y jardín volvían a su ritmo, pero el colibrí, aunque ya no estuviera, en su pequeño descanso había dejado una huella en el aire, un recordatorio de que, a veces, la belleza y la paz se encuentran en los momentos más simples y sencillos de la vida.

    Malania

    Imagen: Rosana M. B.