• Minicuentos

    EXTRAÑOS EN LA NOCHE

    Aquella noche, la ciudad parecía dormida bajo una luna pálida. Él caminaba sin rumbo, con las manos en los bolsillos y una tristeza que no sabía nombrar.

    En la esquina de una calle silenciosa vio a una mujer sentada en un banco. No la conocía, pero algo en su mirada le resultó extrañamente familiar.

    -¿También estás perdida? —preguntó él.

    Ella sonrió.

    -No. Solo estoy esperando que alguien recuerde quién soy.

    Se quedaron en silencio. No necesitaron decir mucho. Había encuentros que parecían ocurrir antes de conocerse.

    Cuando el viento comenzó a traer el perfume de los primeros jazmines, ella se levantó.

    -Tal vez no seamos extraños —dijo—. Tal vez solo nos encontramos demasiado tarde.

    Él la miró alejarse entre las sombras.

    Y comprendió que, algunas veces, una persona llega a nuestra vida como una pequeña primavera: no para quedarse, sino para despertar aquello que creíamos muerto.

    Entonces sonrió.

    No era un extraño en aquella noche, ni una sombra perdida.

    Era el aliento de la primavera entrando, silenciosamente, en un alma que llevaba demasiado tiempo congelada.

    Malania

    Imagen de la red

  • Poemas

    PARQUE FLORA BOTÁNICA I

    La exuberante vegetación da la sensación,

    De abundancia, de prosperidad y amor.

    ¡Es un regalo del Creador!

    Para saborear su obra maestra: la naturaleza…

    En ella, las plantas son las reinas,

    No sólo dan oxígeno, sino sombra y cobijo.

    Dan vida, alegría…

    Qué función tan importante, 

    ¡Regalarnos su respiración y su carne!

    Por eso, debemos respetarlas y amarlas con creces,

    Sin ellas… el hombre perece.

    Sira Vargas de Biheller. 

    Barquisimeto- Venezuela

    Imagen: Gentileza de la autora

  • Poemas

    NAUFRAGIO EN LA NOCHE

    Naufragaron los sentimientos,
    las palabras quedaron vacías
    en una poesía rota.

    Iba muriendo el día,
    La luz se desvanecía
    en la oscuridad de la inmensidad del mar.

    El aire encerraba misterio,
    otro día terminaba en soledad.
    Algo invitaba a soñar o simplemente a dormir.

    Algo naufragaba,
    me desconectaba de los problemas.

    Malania
    Imagen: propia

  • Relatos

    CONOCER LA VERDAD

    Nos encontramos atravesando momentos difíciles en nuestras vidas, pero, aun así, no queremos despertar. Queremos seguir permaneciendo con ese casco que mantenemos en nuestra mente y que no nos deja mirar más allá de lo material, alejándonos de lo espiritual, donde se encuentra nuestra verdadera esencia; esa esencia divina que nos ayuda a despertar, a ir conociendo nuestras verdaderas capacidades y a comprender a qué venimos y para qué estamos aquí, en la Tierra.

    Pero a muchos les da miedo entender que estamos aquí para amar, para servir, para guiar y para orientar; no para destruir, envidiar o codiciar, como lo hace la matriz que nos han implantado para que nosotros mismos vayamos destruyéndonos uno a uno y dejando el campo libre a todos aquellos que nos manejan como títeres.

    No queremos entender que toda esta inteligencia y la inteligencia artificial que hoy nos ofrecen pueden convertirse, si no las utilizamos con responsabilidad y criterio, en una forma de mantenernos sumergidos en todo eso y de alejarnos de nuestros verdaderos conocimientos.

    Anteriormente teníamos que leer, memorizar, aprender y esforzarnos para poder salir adelante. Y así aprendíamos a escribir bien, a redactar correctamente y a expresar nuestras ideas de una mejor manera.

    Pero hoy todo se lo dejamos a la inteligencia artificial y vivimos sumergidos en un celular, en un computador o frente a la pantalla de la televisión, escuchando y observando todo aquello que, muchas veces, resulta ser mentira o información engañosa.


    Hoy ya no podemos creer fácilmente en todo lo que aparece allí, especialmente por la existencia de tantas granjas de bots que buscan llevarnos a consumir cada vez más contenidos, muchos de los cuales lo único que hacen es cerrar cada día más nuestro entendimiento y guiarnos, como siempre lo digo, como al caballo desbocado, derechito hacia el abismo.

    Yo les digo: aprendan a despertar y a soltar todo aquello que les está haciendo daño.

    Suelten todo. Empiecen a buscar sus verdaderos errores y a comprender que, si desarrollan y extraen todos los conocimientos que llevan dentro, podrán conocer mejor la verdad y vivir en paz, en armonía y en amor, y no en la discordia, la ruina y la destrucción, como lamentablemente lo hacemos actualmente.

    Autor: Eduardo Rivera C.

    Imagen: Roxana E. S.

  • Prosa Poética

    QUÉ BONITO ES

    Que bonito es verte bailar, aunque sea con tu soledad.
    Que bonito es verte reír y también llorar cargando emoción.
    Que bonito es verte caminar sin temerle al tiempo, a la vejez.
    Que bonito es ver en ti encendido el amor, saber que lo bueno se queda.
    Que bonito es decirte bajito cuanto te quiero.
    Déjame que te mire y admire, que una simple caricia haga maravilla.
    Que bonito es tu existir, cual me hace feliz viviendo en mí para siempre. 
    Que bonito es hablarte al oído palabras bellas, que quedan guardadas en el corazón. 

    Autor: Miguel Márquez

    Imagen de la red

  • Relatos

    EL MILAGRO: LAS LANGOSTAS

    La asombrosa BATALLA DE TUCUMÁN que ganó Manuel Belgrano.

    Narrada de primera mano por un soldado participante:

    Vea usted: teníamos todo para perder aquel día, pero igual nos moríamos de ganas por salir a degollar. Todavía no había amanecido, y el general iba y venía dando órdenes en lo oscuro. 

    Cualquiera de nosotros, la simple soldadesca de aquella jornada, sabía que nuestro jefe no tenía ni puta idea sobre táctica y estrategia militar. Que era hombre de libros y de leyes, pero que había aceptado obediente el reto de conducir el Ejército del Norte y pararles el carro a los godos. 

    También sabíamos, de oídas, que al enemigo lo manejaba con rienda corta un americano traidor: Pío Tristán, nacido en Arequipa e instruido en España; nos venía pisando los talones con 3000 milicos imperiales y habíamos tenido que vaciar y quemar Jujuy para dejarles tierra arrasada. Muy triste, vea usted. 

    Fue en los primeros días de agosto de 1812. Y el general les ordenó a los pobladores que tomaran lo que pudieran y destruyeran todo lo demás.

    Le digo la verdad: el que se retobaba podía ser fusilado sin más trámite. No había muchas alternativas. 

    Ayudamos a arrear el ganado y a quemar las cosechas. Yo mismo lo vi con estos mismos ojos, señor: al final cuando no quedaba nada ni nadie, Belgrano salió a caballo de la ciudad y se puso a la cabeza de la columna. Íbamos en silencio, con sabor amargo, y tuvimos que cruzar tiros cuando una avanzada de los españoles jodió a nuestra retaguardia a orillas del río Las Piedras. El general mandó a la caballería, a los cazadores, los pardos y los morenos. Meta bala y aceros. Y al final, a los godos no les daban las piernas para correr, señor, se lo juro. 

    Sospechábamos que nos habían atacado con muy poco, pero nosotros veníamos de capa caída: darles esa leña y salir victoriosos fue un golpe de orgullo.

    Voy a decirle la verdad: cuando Belgrano se hizo cargo éramos un grupo de hombres desmoralizados, mal armados y mal entretenidos. Y al llegar a Tucumán no crea que habíamos mejorado mucho, aunque marchábamos con la moral en alto. 

    Ahí lo tiene a ese doctorcito de voz aflautada: nos acostumbró a la disciplina y al rigor, y nos insufló ánimo, confianza y dignidad. Aunque en las filas no nos chupábamos el dedo, señor. 

    Pío Tristán nos perseguía con legiones profesionales, sabía mucho más de la guerra y caería sobre nosotros de un momento a otro. Nos enteramos por un cocinero que incluso el gobierno de Buenos Aires le había dado la orden a Belgrano de no presentar batalla y seguir hasta Córdoba. 

    Pero el general había resuelto desobedecer y hacerse fuerte en Tucumán. Adelantó oficial y tropas con la misión de que avisaran al pueblo que ya entraban para conquistar el apoyo de las familias más importantes y también para reclutar a todo hombre que pudiera empuñar un arma. 

    Había pocos fusiles, y casi no teníamos sables ni bayonetas, así que cuatrocientos gauchos con lanzas y boleadoras pusieron mucho celo en aprender los rudimentos básicos de la caballería. Nosotros los mirábamos con desconfianza, para qué le voy a mentir. “¿Y estos pobres gauchos qué van a hacer cuando los godos se nos vengan encima?”. 

    La teníamos difícil, no sé si se da cuenta. Y estuvimos algunos días fortificando la ciudad, armando la defensa, cavando fosos y trincheras, y haciendo ejercicios. “Voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza para concluir con honor”, les dijo Belgrano a sus asistentes. 

    La noticia corrió como reguero de pólvora. No tiene usted idea lo que es aguardar la muerte, noche tras noche, hasta el momento de la verdad. Le viene a uno un sabor metálico a la boca, se le clava un puñal invisible en el vientre y se le suben, con perdón, los cojones a la garganta. 

    Uno no piensa mucho en esas horas previas. Sólo desea que empiece la acción de una vez por todas y que pase nomás lo que tenga que pasar. El general finalmente nos puso en movimiento en la madrugada del 24. 

    Avanzamos en silencio absoluto hasta un bajío llamado Campo de las Carreras y ahí estábamos juntando orina y con ganas de salir a degollar cuando apareció el sol y comprobamos que los tres mil imperiales nos tenían a tiro de cañón.

    Miré por primera vez a Belgrano en ese instante crucial, señor, y lo vi pálido y decidido. Hacía tres días nomás le había enseñado a la infantería a desplegar tres columnas por izquierda mientras la pobre artillería se ubicaba en los huecos. Era la única evolución que habían ejercitado en la ciudad. Pero los infantes lo hicieron a la perfección, como si no fueran bisoños sino veteranos. 

    El general ordenó entonces que avanzara la caballería y que tocaran paso de ataque: los infantes escucharon aquel toque y calaron bayoneta. Y antes o después, no lo recuerdo, dispuso Belgrano que nuestra artillería abriera fuego. Varias hileras de maturrangos se vinieron abajo. 

    Volaban pedazos de cuerpos por el aire y se escuchaban los alaridos de dolor. No puedo contarle con exactitud todos esos movimientos porque fueron muy confusos. 

    Sepa nomás que los godos nos doblaban en número, pero que igualmente les arrollamos el ala izquierda y el centro. Y que su ala derecha nos perforó a los gritos y a los sablazos. Tronaban los cañones y levantaba escalofríos el crepitar de la fusilería. Todo se volvió un caos. 

    Nos matábamos, señor mío, con furia ciega y no se imagina usted lo que fue la entrada en combate de los gauchos. Cargaron a la atropellada, lanzas enastadas con cuchillos y ponchos coloridos, pegando gritos y golpeando ruidosamente los guardamontes. 

    Parecían demonios salidos del infierno: atropellaron a los godos, los atravesaron como si fueran mantequilla, los pasaron por encima, llegaron hasta la retaguardia, acuchillaron a diestra y siniestra, y se dedicaron a saquear los carros del enemigo. 

    Eran brutos esos gauchos. Brutos y valientes, pero aquel saqueo los distrajo y los dispersó. Diga que los vientos estaban ese día de nuestra parte. 

    Y esto que le refiero no es sólo una figura, señor. Es la pura realidad. Vea usted: en medio de la reyerta se arma un ventarrón violento que sacude los árboles y levanta una nube de polvo. Y no me lo va a creer pero antes de que llegara el viento denso vino una manga de langostas. De pronto se oscureció el cielo, señor. Miles y miles de langostas les pegaban de frente a los españoles y a los altoperuanos que les hacían la corte. 

    Los paisanos más o menos sabían de qué se trataba, pero los extranjeros no entendían muy bien qué estaba ocurriendo. Dios, que es criollo, los ametrallaba a langostazos. Parecía una granizada de disparos en medio de una polvareda enceguecedora. Le juro que no le miento. Un apocalipsis de insectos, viento y agua misteriosa, porque también empezó a llover. Nuestros enemigos creían que éramos muchos más que ellos y que teníamos el apoyo de Belcebú. 

    Muchos corrían de espanto hacia los bosques. Y con tanto batifondo, sabe qué, apenas nos dimos cuenta de que nuestra derecha estaba siendo derrotada y que armaban un gran martillo para atacarnos por ese flanco. Nosotros, que estábamos un poco deshechos, nos encontramos entonces en el medio del terreno y haciendo prisioneros a cuatro manos. 

    Unos y otros nos habíamos perdido de vista, y el general cabalgaba preguntando cosas y barruntando que las líneas estaban cortadas. Se cruzaba con dispersos de todas las direcciones y los interrogaba para entender si la batalla estaba ganada o perdida. Y todos le respondíamos lo mismo: “Hemos vencido al enemigo que teníamos al frente”. 

    Belgrano permanecía grave como si nos hubiéramos vuelto locos o si le estuviéramos metiendo el perro. Ya no se oía ni un tiro, y mientras nuestro jefe regresaba a la ciudad, Tristán trataba de rearmarse en el sur. 

    La tierra estaba llena de sangre y de cadáveres, y de cañones abandonados. Pero el peligro seguía siendo tanto que muchos patriotas debieron replegarse sobre la plaza, ocupar las trincheras y prepararse para resistir hasta la muerte. 

    Creyendo aquel miserable godo que era dueño de la situación intimó una rendición y advirtió que incendiaría la ciudad si no se entregaban. Nuestra gente le respondió que pasarían a cuchillo a los cuatrocientos prisioneros. Ya sabían adentro que Belgrano venía reuniendo a la caballería.

    Pasamos la noche juntando fuerzas, cazando godos, despenando agónicos y pertrechándonos en los arrabales. No tengo palabras para narrarle cómo fueron aquellas tensas horas. Una batalla que no termina es un verdadero suplicio, señor. Anhelábamos de nuevo que saliera el sol para que fuera lo que Dios quisiera. Era preferible morir a seguir esperando.

    Al romper el sol, el general había juntado a 500 leales. No se oían ni los pájaros aquella madrugada del 25 de septiembre, y el jefe mandó entrar por el sur y formar frente a la línea del enemigo. 

    Estábamos cara a cara y a campo traviesa. Éramos parejos y, después de tanta matanza, ahora el asunto estaba realmente para cualquiera. 

    Fue Belgrano quien esta vez intimó una rendición. Les proponía a los realistas la paz en nombre de la fraternidad americana. Tristán le contestó que prefería la muerte a la vergüenza. Presuntuoso hijo de la gran puta, nos rechinaban los dientes de la bronca. “Han de estar nerviosos -dijo mi teniente-. Cuando un gallo cacarea es que tiene miedo.”

    Miramos a Belgrano esperando la orden de carga, pero el doctorcito tenía un ataque de prudencia. Tal vez pensara que no estaba garantizada una victoria, y que no podía arriesgarse todo en un entrevero. En esos aprontes y dudas estuvimos todo el santo día, maldiciéndolo por lo bajo y agarrados a nuestras armas. 

    Por la noche los españoles se dieron a la fuga. Habían perdido 61 oficiales. Dejaban atrás más de seiscientos prisioneros, 400 fusiles, siete piezas de artillería, tres banderas y dos estandartes. 

    Y lo principal: 450 muertos. Nosotros habíamos perdido 80 hombres y teníamos 200 heridos. Belgrano ordenó que los siguiéramos y les picáramos la retaguardia. Los realistas iban fatigados, con hambre y sed, y en busca de un refugio. Y nosotros los perseguíamos dándoles sable y lanza, y escopeteando a los más rezagados. No le cuento las aventuras que vivimos en esas horas, entre asaltos y degüellos, entrando y saliendo, ganando y perdiendo, porque se me seca la boca de sólo recordarlo, señor mío.

    Regresamos a Tucumán con sesenta prisioneros más y muchos compañeros nuestros rescatados de las garras de los altoperuanos. 

    Éramos, en ese momento, la gloriosa división de la vanguardia, y al ingresar a la ciudad, polvorientos y cansados, vimos que el pueblo tucumano marchaba en procesión y nos sumamos silenciosamente a ella. 

    Allí iba el mismísimo general Belgrano, que era hombre devoto, junto a Nuestra Señora de las Mercedes y camino al Campo de las Carreras, donde los gauchos, los infantes, los dragones, los pardos y los morenos, los artilleros y las langostas habíamos batido al Ejército Grande.

    Créame, señor, que yo estaba allí también cuando el general hizo detener a quienes llevaban a la Virgen en andas. Y cuando, ante el gentío, se desprendió de su bastón de mando y se lo colocó a Nuestra Señora en sus manos. 

    Un tucumano comedido comentó, en un murmullo, que la había nombrado Generala del Ejército, y que Tucumán era “el sepulcro de la tiranía”. La procesión siguió su curso, pero nosotros estábamos acojonados por ese gesto de humildad. 

    Había desobedecido al gobierno y se había salido con la suya contra un ejército profesional que lo doblaba en número y experiencia, pero el general no era vulnerable a esos detalles, ni al orgullo ni a la gloria. No se creía la pericia del triunfo. Le anotaba todo el crédito de la hazaña a esa Virgen protectora, y no tenía ni siquiera la precaución de disimularlo ante el gentío.

    Nosotros tampoco sabíamos, la verdad, que habíamos salvado la revolución americana, ni que el cielo había guiado el juicio de nuestro estratega ni que Dios había mandado aquellos vientos y aquellas langostas. 

    Recuerde: éramos la simple soldadesca y no creíamos en milagros. Veníamos de merendar godos y altoperuanos por la planicie y todo lo que queríamos en ese momento era un vaso de vino y un lugar fresco a la sombra. Pero mirábamos a ese jefe inexperto y frágil y lo veíamos como a un gigante. 

    Y lo más gracioso, vea usted, es que a pesar del cuero curtido y el corazón duro de cualquier soldado viejo, a muchos de nosotros empezaron a corrernos las lágrimas por el morro. 

    Porque Belgrano era exactamente eso. Un gigante, señor. 

    Un gigante…

    Autor: Un soldado participante.
    Gentileza: Rubén Ch.
    Imagen: de la red

  • Minicuentos

    POLVO ROJO

    A través de la ventana, los días de lluvia o días de mucho polvo parecían detener el tiempo en aquel rincón rodeado de monte silvestre y palmeras secas. Las piedras ásperas y el suelo rojizo guardaban el calor de la jornada, transformando la tarde en un verano caliente e sofocante.

    De pronto, un crujido de piedras rompió el silencio del paisaje solitario. En el vidrio quedó una ventana golpeada por el polvo que levantó un autobús al atravesar la calle de tierra roja, perdiéndose cuesta arriba por la colina lejana.

    A través del cristal sucio, el sendero parecía evaporarse en la distancia junto a las palabras perdidas que nunca llegaron a pronunciarse antes de aquel viaje. Sin embargo, al asentarse lentamente la nube colorada sobre la vegetación, el horizonte despejó el camino empedrado trayendo consigo una brisa suave y la certeza lejana de que siempre nace un nuevo día.

    Malania

    Imagen: Jorge G. T.

  • Relatos

    COMO CORRIENTES ELÉCTRICAS

    Para controlar la ira, la rabia y el inconformismo, debemos estar siempre atentos, porque estas son algunas de las cosas más difíciles de reprimir o de las que uno puede sacudirse para poder caminar tranquilo y despejado.

    Por eso debemos estar siempre despiertos, porque cuando llega ese fluido o esas energías con esa fuerza, se nos sube un fogaje a la cabeza y uno quiere explotar. Pero, si estás atento, es ahí cuando tienes que demostrar lo valiente que eres para controlar tus propios impulsos y tus propios deseos.

    Porque la ira es como corrientes eléctricas que llegan con esa fuerza y se disparan. Así como usted ve una corriente con fuerza que puede dañar un aparato eléctrico, así también esas energías pueden llegar a nosotros y desestabilizarnos.

    Eso es lo que pueden llegar a producir: dañarnos, desestabilizarnos y hacer que no logremos encontrar lo bueno que está alrededor de nosotros en ese momento o en ese día. Porque cuando escogemos la incomodidad, la rabia y la ira, nos descontrolamos y abrimos una puerta a través de nuestros chakras. Y por ahí pueden entrar energías, pensamientos e influencias que no son nuestros, haciendo que permanezcamos todo el día perturbados y con pensamientos perturbadores, deseándole el mal a alguien, queriendo vengarnos o queriendo hacer algo que vaya en contra de la otra persona, sin darnos cuenta de que somos nosotros mismos quienes nos estamos haciendo daño.

    Porque si la otra persona hizo algo, se fue y ya se relajó, mientras nosotros seguimos con aquello en nuestra mente, ¿quién se está haciendo daño? Nosotros mismos.

    Por eso tenemos que tener mucho cuidado y tratar de mantenernos relajados, mantenernos en paz, mantenernos llenos de alegría y de amor para poder seguir hacia adelante, siempre con nuestra mente despejada y abierta para captar esos fluidos y todas esas energías que llegan de lo alto. Si nosotros nos abrimos y las percibimos como son, podemos mantener siempre la serenidad y la paz interior, y empezar a vibrar en amor.

    Esta fue una de las cosas que el Maestro Jesús explicó a sus discípulos y a muchas personas. Pero, muchas veces, se vio en la necesidad de hablarles mediante parábolas, porque la humanidad no estaba preparada para comprender plenamente aquello que quería transmitir.

    Y, aun después de todo el tiempo que ha transcurrido, muchas veces no entendemos en su totalidad qué quiso decirnos en esas parábolas, porque son difíciles de interpretar. Pero cuando uno las lleva a la realidad de lo que está viviendo, se da cuenta de todo lo que allí estaba encerrado y de todo aquello que Él quiso enseñarnos.

    Él nos habló para que despertáramos y tomáramos conciencia de quiénes somos nosotros y de lo que podemos realizar para vivir en paz, en armonía y en amor.

    Autor: Eduardo Rivera C.
    Colombia

    Imagen: de la red

  • Prosa Poética

    AVANZAR EN EL DÍA A DÍA

    NO DEJES QUE EL DÍA A DÍA Y SUS PROBLEMAS NO TE DEJEN AVANZAR 

    Que las cosas que suceden a diario no te detengan jamás.
    A pesar de las dificultades continúa tu marcha siempre. 

    No dejes que el día a día no te permita avanzar,
    mantén firme tu fe en Dios que te fortalecerá
    para seguir adelante y te dirá a su manera: 

    –Si en mi confías aferrándote en la fe que me tienes, nada podrá detener tu marcha jamás–

    Autor: Miguel Márquez

    Imagen: Propia

  • Relatos

    CON OLFATO DE PERRO


    “Tu perro no sabe nada de lo que dices y, sin embargo, es muy probable que tenga un historial asombroso de anticipar lo que vas a hacer…

    ¿Cómo funciona esto???

    Porque al no ENTENDER EL PERRO lo que dices, el perro se limita a OBSERVAR LO QUE HACES, y observar lo que la gente hace es un indicador mucho más fiable de porqué lo hace. Busca el motivo entendiendo las acciones de las personas, y no lo que dicen sus palabras.

    Las palabras ENGAÑAN. Los actos “DICEN LA VERDAD”.


    Esto me lo envió mi amigo R. Ch. Sabe que me gustan los perros como mascotas muy fieles.
    Y agrego: Los perros (dicen que también los gatos) si bien no entienden de moralidad ni de maldad, detectan intenciones mediante el sentido de su olfato muy desarrollado, pueden interpretar el lenguaje corporal y las interacciones humanas.

    Pueden captar cambios químicos en el sudor o la piel asociados con emociones intensas como el miedo, la ira, la ansiedad o el estrés (feromonas y adrenalina).

    Analizan de forma constante pequeños gestos, posturas corporales rígidas, tono de voz y movimientos bruscos que indican una amenaza potencial.

    Estudios de conducta (como los de la Universidad de Kioto) demuestran que los perros observan cómo una persona trata a sus dueños o a otros y deciden desconfiar si ven actitudes egoístas o negativas.


    Recuerdan experiencias previas con personas que los engañaron o maltrataron, reaccionando con alerta ante perfiles.

    Por todo esto: trata bien a los animales, sobre todo a las mascotas. Y ten en cuenta todo esto porque es importante estar en alerta ante posibles visitas tóxicas.


    Hay un dicho: “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.

    La autoría de esta célebre frase se le atribuye popularmente al poeta Lord Byron.

    Y yo afirmo que:

    “Cuanto más conozco a algunas personas, más quiero a mis mascotas”

    Malania

    Imagen: Roxana E. S.

  • Poemas

    LA ROSA NEGRA

    ¡Cómprame una rosa!
    ¡Que sea morena!
    No…una cualquiera,
    Sino, una especie nueva
    Con distinta fragancia,
    Que la posea sólo yo.
    Una rosa que me recuerde,
    Lo simple y complejo de la existencia, 
    Lo efímero sea una sonrisa
    ¡Que algunas veces…pasa como la brisa!

    Una flor distinta,
    Bella sin encandilar 
    Opaca para no ser admirada,
    ¡Que pase inadvertida¡
    Como la sombra en la noche fría…
    No la quiero en un jarrón
    Sino pegada a mi pecho
    ¡Que se perciba rápido!
    Al caminar, sobre el asfalto…
    ¡Que vaya esparciendo su perfume!
    Marcando huella por donde pase.
    ¡Que la fragancia sea insuperable!
    ¡Que despierte emociones escondidas!
    Para que esos recuerdos queden grabados,
    En el infinito de la memoria.
    Como un cuento, un relato, una historia… 
    ¡Un símbolo de amor!
    Una flor aparentemente sin valor
    ¡Pero, obviamente….superior!

    Autora: Sira Vargas de Biheller 

    Barquisimeto- Venezuela

    Imagen: de la red