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EL MANTO DEL RÍO

Casi desvanecido, Heraldo, fue volviendo la cara despacio como si el aire estuviera viscoso. 
Se quedó tieso y pensó 
– No hay vida para sustituir la pérdida, ni siquiera un  elemento inventado- 
Ni una lámpara ni una vela para iluminar la noche cubierta por un gigantesco manto negro. 
Ella ya había cumplido, y exilada de sus deberes diurnos se exhibía como un secreto, ese del que todos lo saben pero  del que  nadie habla. 
En la negrura del manto, sin el rutilar de las estrellas, en ausencia de la luna, dormitaba el río escondiendo el sonido cantarino esta vez sin melodía, melodía que acompañó al claro del día, ese que ahora permanece en su exilio banal.  
Heraldo paladeaba una idea, que el río temía a la noche. 
Se esforzó para evitar el pensamiento y siguió, allí tumbado, con la mirada hacia las estrellas, que decididas comenzaron a vestir el firmamento para quitar el miedo al callado río.
                                                                                                                                                                                                     Imagen propia

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