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ROSA CARMÍN

Se balanceaba sin rumbo fijo,
de norte a sur y de este a oeste,
como si fuera un trompo confuso
o una veleta desorientada.
Quizás algunas copas demás
tomadas en algún bar
le apagaron los colores
de la belleza y la alegría,
recordando el pasado
en que para alguien existía.
Adormilada,
trató de mantenerse en pie,
caminó en silencio
entre hierbas y ramas secas
de un terreno baldío,
recordando sus melancólicos ratos libres,
y sollozando al ritmo
del crujir de las hojas
de un otoño frío.
El viento ondulaba sus cabellos castaños
y al ritmo de los impulsos
de una lejana melodía
sintió deseos de bailar
frente a las olas del mar.
De pronto alguien se puso a la par,
le ofreció su brazo para juntos caminar,
y le regaló una rosa que al paso logró cortar.
Le susurró al oído:
“no temas, no te haré daño”
“te llevaré a tu hogar”.
Al día siguiente se despertó
y la rosa, más bella que jamás haya visto,
la miraba desde una copa de agua.
¿Quién la había acompañado hasta su casa?
Quizás nunca lo sabrá
porque de nada se acordaba.

Imagen: N. V. S.

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