Minicuentos

EL ESCRITORIO AZUL

Con aire pesado y entrecortado por el abrir y cerrar de la puerta, el viejo escritorio pintado de azul
descansaba en una habitación casi sin uso. 
No entendía mucho su función, pasaban los días y nadie lo ocupaba.
Ella entraba y lo miraba, aunque el color azul no le gustaba y eso se notaba. A él tampoco le importaba que esté allí o en cualquier otro lugar, junto a muchas otras cajas y muebles que con suerte, por el clima apropiado no despedían vaho.
En la noche oscura lo visitaban algunos mosquitos y pequeñas lagartijas hambrientas. Al verlo inactivo y triste, no lo molestaban.
Su color intacto pero, por el polvo que filtraba por alguna hendija, se lo veía apagado a pesar de la claridad del día. 
El ruido de uno que otro automóvil de su letargo infinito lo despertaba.
Y así fue pasando el tiempo hasta que un día, cómo su dueño no quería venderlo, se lo regaló a una niña que necesitaba tenerlo. 
Viajó el  escritorio con miedo, sin saber a dónde iba, pero al llegar vio a la niña y se alegró pensando que allí sí tendría compañía.
Ahora vive feliz entre osos de peluche y muñecas de gran sonrisa; la niña le cambió la vida a ese escritorio que lleno de polvo pasaba sus días.
Se siente dichoso entre juguetes, acunando niñas acompañado de libros, y hasta puede escuchar voces por el teléfono, al que le sirve de lecho.
Ahora no tiene sentido el llanto ni tiene que morder el silencio. Se siente acompañado y se perfuma con los aromas de las flores de rosas, jazmines e incienso. 
La tristeza ya no derriba sus bordes engomados y aquella sorda habitación quedó en el pasado. 

Malania

Imagen: M. R. T.

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