Minicuentos
POLVO ROJO
A través de la ventana, los días de lluvia o días de mucho polvo parecían detener el tiempo en aquel rincón rodeado de monte silvestre y palmeras secas. Las piedras ásperas y el suelo rojizo guardaban el calor de la jornada, transformando la tarde en un verano caliente e sofocante.
De pronto, un crujido de piedras rompió el silencio del paisaje solitario. En el vidrio quedó una ventana golpeada por el polvo que levantó un autobús al atravesar la calle de tierra roja, perdiéndose cuesta arriba por la colina lejana.
A través del cristal sucio, el sendero parecía evaporarse en la distancia junto a las palabras perdidas que nunca llegaron a pronunciarse antes de aquel viaje. Sin embargo, al asentarse lentamente la nube colorada sobre la vegetación, el horizonte despejó el camino empedrado trayendo consigo una brisa suave y la certeza lejana de que siempre nace un nuevo día.
Malania
Imagen: Jorge G. T.
GUIRNALDAS
El sonido de los grillos era el único acompañante de don Mateo en aquella noche estrellada, como muchas otras noches. El pueblo dormía, pero en su corazón latía una mezcla de emoción y nerviosismo. Había pasado días decorando el sendero que llevaba a su pequeña casa, transformándolo en un túnel mágico de luces cálidas y guirnaldas coloridas.
Parece que las luciérnagas han bajado a visitarnos -murmuró para sí mismo-, contemplando cómo los banderines de colores, ahora iluminados por las pequeñas bombillas, bailaban suavemente con la brisa nocturna. Quería que la bienvenida fuera perfecta. Quería que el primer paso que ella diera de vuelta a casa fuera sobre un camino de alegría.
Con un suspiro, don Mateo se sentó en el banco de madera que había colocado a la entrada del sendero. Estaba vacío, un recordatorio silencioso de la ausencia que pronto llegaría a su fin. Sus dedos, callosos por el trabajo de jardinería, acariciaron la madera pulida, mientras sus ojos se clavaban en la oscuridad del camino principal, esperando divisar la figura que anhelaba.
¿Y si no le gusta? ¿Y si prefiere el bullicio de la ciudad? -los fantasmas de la duda comenzaron a rondar su mente-. Pero la imagen de su nieta, la pequeña Lucía, con su risa contagiosa y sus ojos llenos de curiosidad, disipó cualquier rastro de inseguridad. No importaba la edad que tuviera, ella siempre sería su pequeña exploradora.
El tiempo pasaba lentamente, pero la determinación de don Mateo no flaqueaba. Se levantó y ajustó una de las bombillas que parecía estar parpadeando. Luego, regresó al banco, dispuesto a esperar todo el tiempo que fuera necesario.
Y entonces, en la distancia, un destello de luz. El coche de su hijo asomaba por la curva. El pulso de don Mateo se aceleró. Se puso de pie, su mirada fija en el vehículo que se acercaba.
El coche se detuvo y una figura joven y esbelta descendió. Era Lucía, pero no la niña que recordaba. Había crecido, se había convertido en una mujer hermosa y segura de sí misma.
¡Abuelo!, -gritó, corriendo hacia él-.
Don Mateo no pudo contener las lágrimas. La abrazó con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume, que le evocaba recuerdos de tardes de verano y risas compartidas.
Bienvenida a casa, mi niña, -susurró-, con la voz entrecortada por la emoción
Lucía se separó un poco, sus ojos brillando con lágrimas de alegría. Contempló el sendero iluminado, las guirnaldas de colores que se mecían suavemente con el viento.
“Es… es hermoso, abuelo”, dijo, su voz apenas un hilo. “Es el camino más bonito que he visto nunca”.
Don Mateo sonrió, su corazón rebosante de felicidad. Tomó la mano de su nieta y, juntos, comenzaron a caminar por el sendero iluminado.
Teníamos mucho que contarnos, pero el banco vacío ya no lo estaba. Ahora, estaba lleno de risas, de recuerdos y de la certeza de que el amor, como las luces del sendero, siempre brilla con más fuerza en la oscuridad.
Malania
Imagen: M. Julián T.
RECUERDOS DEL SUBTERRÁNEO
EL MUCHACHO DEL METRO
Hay recuerdos que el metro guarda para uno. Algunos permanecen dormidos durante años, hasta que una palabra, una fotografía o el texto de un amigo los despierta de golpe. Hoy me ocurrió eso al leer una entrada en el blog de una amiga. Bastó que mencionara el metro para que volviera a verme allí, entre el traqueteo del vagón y el ir y venir de la gente.
Aquel día viajaba como tantas otras veces. El vagón iba lleno, aunque no tanto como para impedirme observar a un joven que permanecía de pie junto a la puerta, listo para bajar en cualquier estación. Vestía como un oficinista: camisa impecable, pantalón bien planchado, zapatos lustrados. En una mano sostenía el teléfono celular y sus dedos se deslizaban sin descanso sobre la pantalla. Escribía con tanta concentración que el resto del mundo parecía no existir.
Era mucho más joven que yo, casi de la edad de uno de mis hijos. Sin embargo, había algo en él que llamaba la atención. No era solo la juventud ni la elegancia discreta con que iba vestido. Era esa armonía difícil de explicar que, de vez en cuando, aparece en algunas personas. Era, sencillamente, hermoso.
No pude evitar mirarlo durante buena parte del viaje. Él jamás levantó la vista. Nunca advirtió que una desconocida lo observaba con una mezcla de admiración y ternura, sin otro pensamiento que el de contemplar una belleza tan natural como pasajera.
Cuando el tren se detuvo una estación antes de la mía, guardó el teléfono y descendió. Las puertas se cerraron y el vagón volvió a ponerse en marcha.
Mientras lo veía alejarse por el andén, pensé que, si hubiera bajado conmigo, tal vez habría reunido el valor para decirle una sola frase:
—Eres hermoso, como un rey. ¿Lo sabes?
Nunca lo hice.
Y quizá por eso, tantos años después, sigue viajando en mi memoria, joven para siempre, entre el ruido del metro y las puertas que se abren y se cierran.
Malania
Imagen: de la red
EL GALLO CONFUNDIDO
Había un vecino que estaba orgulloso de su gallinero. Tenía gallinas que ponían huevos gordos y brillantes… y un gallo que se creía tenor de ópera.
El problema era que al gallo no se le daba por cantar al amanecer, como dictaba la tradición, sino a las dos de la madrugada, cuando todos soñaban con playas paradisíacas o con que les tocaba la lotería. Con un “¡Quiquiriquíííííí!” potente, despertaba a otros gallos que le respondían desde quién sabe dónde, con un ¡Cocorocóóóóóó!. Y es más, se subía a un árbol preferido por él para dormir, y desde allí cantaba hasta que el sol mostraba sus primeros claros de luz, despertando no solo a su dueño sino a todo el barrio. Hasta al perro, que respondía con un ladrido enojado.
Los vecinos intentaron al principio ignorarlo, luego taparse los oídos con almohadas, otros sugirieron inscribir al gallo en un concurso de canto…, pero como el sonido era tan estridente, ninguna de las opciones resultó convincente y el descanso se volvió imposible. Así que tras varias noches de insomnio, cansados de las ojeras y los bostezos, decidieron que lo más sensato era reunirse para hablar con su dueño.
Y así fue. Después de aquella charla, el gallo desapareció misteriosamente del barrio. Nadie volvió a escucharlo. Algunos dicen que terminó en una quinta lejana; otros, más maliciosos, aseguran que se convirtió en sopa de domingo. Lo cierto es que, desde entonces, todos pudieron volver a dormir… aunque, de vez en cuando, alguien sueña con un “¡quiquiriquííí!” lejano y se despierta sobresaltado.
Pero lo de hoy, sorpresa de domingo en madrugada, no fue un sueño. Ahí estaba el gallo, subido a su árbol preferido, cantando su “¡Quiquiriquíííííí!”, pero esta vez, a las cinco, con los primeros claros del día.Malania
Imagen: Javier A. T.
QUERER Y NO QUERER
Delicia tenía unos veinticinco años y Jacinto cerca de los cuarenta.
Ella había estudiado letras y su pasión era la escritura.
Se conocieron en una fiesta de carnaval, a la que asistió con unas amigas. Él estaba solo. Ambos bailaron hasta el cansancio.
Un día, inspirada en su relación más que especial, escribió, y se lo guardó, a nadie quiso contarle lo que le pasaba.
“Dices que me quieres, que no quieres perderme.
Pero tampoco la dejas, sigues a su lado.
Que soy tu pimpollo, me deseas todo el tiempo, quieres estar conmigo, te gusta mi forma de ser, mis besos, mi pasión.
Que con ella solo tienes un techo en común y un lugar para dormir, cada uno mirando hacia el lado opuesto.
Que hace mucho no la tocas ni la besas.
Que ella está enferma y es por eso que no la dejas.
Todo esto es verdad. Lo sé.
Pero también sé que tienes todo a tu alcance y con todo lo que está a tu alcance no te hace feliz.
Entonces pregunto si vale la pena seguir viviendo de esa manera, por aparentar, por quedar bien delante de los viejos, delante de los hijos ya crecidos, delante de la gente.
Porque cuando no estoy, desfalleces.
Y cuando estoy tienes poco tiempo.
Nos hablamos todos los días.
Nos vemos solo cuando queda tiempo.
¿A muchos les pasará esto o es solamente a mí que la vida me depara migajas?
Yo lo amo y lo acepto tal cual es con sus limitaciones y reducido tiempo.
¿Hasta cuándo podré hacerlo?
¿Hasta cuándo la chispa permanecerá encendida?”
¿Será verdad? ¿Será mentira? Muchos se preguntarán.
Solo los corazones de Delicia y de Jacinto podrían responder.Malania
Imagen: de la red
PARTICULAR ORDEÑE
Era pequeña, quizás 5 o 6 años de edad. Mi madre y a veces mi padre también, me llevaban al campo, al corral, donde nos esperaban las cuatro o cinco vacas para ser ordeñadas. Muchos días fueron los que con paciencia me enseñaban a hacerlo pero nunca pude aprender. Quizás mis pequeñas manos no tenían fuerza suficiente para apretar las ubres o tal vez el animal reconocía que no era yo la que tenía que hacer la extracción de leche. Lo cierto es que en casa nunca faltó leche fresca recién ordeñada, como tampoco la preciada ricota y crema. Me gustaba comer con varenekis (algo así como empanaditas hervidas en agua y sal), o también llamados peroguis o perojé (en ucraniano) que mi madre y mi hermana mayor los preparaban sobre todo los días domingos. A mí no me pedían ayuda porque decían que los míos se abrían en el agua y perdían el relleno.
Al lado del corral había un árbol muy grande llamado “tala”, que daba frutas muy pequeñas pero muy ricas de color verde. Y también una de cactus, de las que podía comer sus frutos solamente si mi madre o mi padre los sacaba y ponía en condiciones para el consumo (sacarles todas las espinas, lavarlos y con el control correspondiente, podía comerlo)
Nunca me sentí cansada de caminar la distancia de aproximadamente tres kilómetros, en días de primavera o verano, muy temprano al clarear el día y antes que salga el sol. El objetivo era más que atrapante.
Son recuerdos imposibles de olvidar.
Mi amigo Patricio con su escrito: A LA LATA AL LATERO y la imagen con la que ilustró en su blog “Algo más que palabras”, me trajo a la mente esta historia real de mi infancia. Se lo agradezco porque con sus post siempre hace reflexionar.Malania
Imagen de la red.
SIN GARABATOS
Quizá fueron varias manos. O tal vez una sola, que día a día hacía un garabato y lo agregaba al que ya estaba, en ese muro que al principio fue blanco.
Se comunicaron en el anonimato durante años, él escribía un par de versos en un poema con pasión, y ella le respondía con más versos en poesía de amor. Como si fueran duetos. Siempre firmaban con un pseudónimo, nunca con el nombre verdadero.
Pasó el tiempo, hasta que un día él no aguantó más tanto misterio. Le propuso hablar por teléfono y conocerla por cámara. Y así lo hicieron.
No terminó la magia, pero ya no fue lo mismo. Si bien siguen en contacto hasta hoy día, una hermosa amistad entre un hombre español y una mujer argentina, el tono de las charlas, son más formales y espaciados. Ella, sin compromisos de pareja, pero él sí, con hijas y nieta.
Prima el respeto hacia la familia.
Una hermosa amistad, sin garabatos, real.Malania
Imagen: de la red
TIRA Y AFLOJA
Había una vez un burro que siempre acompañaba y ayudaba a su dueño. Pero un día se empacó y no quiso avanzar hacia donde su dueño lo quería llevar. Empezaron a tironear cada uno por su lado y el burro, cansado de tanto esfuerzo, alzó las orejas y se detuvo. Su dueño, frustrado, lo miró y le dijo: “¿Por qué no quieres ir conmigo? ¡No es tan difícil!”
El burro, con una mirada pensativa, respondió: “No es que no quiera ayudarte, es que siento que siempre me haces ir por el mismo camino, sin preguntarme qué quiero hacer. A veces, me gustaría seguir mi propio rumbo.”
El dueño, sorprendido por la respuesta de su burro, se detuvo a pensar. Recordó cuántas veces había tomado decisiones sin considerar cómo se sentía su fiel compañero. Con una sonrisa, se agachó y le acarició las orejas.
“Lo siento, amigo. No me había dado cuenta de que también tienes tus propios deseos. Vamos, tomemos un camino diferente, a ver adónde nos lleva.”
Y desde ese día, el burro y su dueño comenzaron a explorar nuevos senderos juntos, siempre escuchándose y aprendiendo el uno del otro.
Malania
Imagen de la red. Gentileza de Patricio M.
SUEÑOS EN LIBERTAD
Me han dejado solo dentro de esta enorme casa.
Me llaman Michi o Negrito. Soy negro azabache y no nací completo, pero creo que soy lindo y atractivo por el color miel de mis ojos. A veces me miro al espejo y llevo el pelo impecable y brillante.
Por suerte las puertas de todas las habitaciones quedaron abiertas. Puedo tener todo bajo control y desplazarme por la casa a pesar de tener solo tres patas. Me dejaron solo, pero tengo comida y agua suficiente para más de un día. Las piedritas para hacer mis necesidades son muchas y no quedará olor si las hago. Puedo ver por la ventana a mis hermanas adoptivas, Huma y Sía. A ellas no les faltan las patas, así que pueden correr y saltar en caso de peligro. El barrio es tranquilo y el perro es un buen guardián. Por eso no tengo miedo, estoy bien acompañado desde el exterior.
No sé si se enojarán o no conmigo pero hoy quiero soñar lindo. Voy a dormir en la cama grande así puedo estirar mis músculos y desperezarme a mis anchas cuando me despierto.
¡Me pillaron! Espero no me regañen, aunque creo que no porque me tienen mucho amor.Malania
Imagen: Julián T.
COMO CONO TRUNCADO
En el corazón de una ciudad futurista, se alzaba un edificio que llamaba la atención de todos los que pasaban por allí. Era una estructura moderna, con una forma de cono truncado que reflejaba el sol en sus paredes y ventanas. Sus pisos se iban reduciendo en tamaño a medida que ascendían, dando la impresión de que el edificio estaba a punto de ser lanzado hacia el cielo.
Este edificio, no solo era una obra arquitectónica, sino también un símbolo de la innovación. Los habitantes de la ciudad y los turistas habían aprendido a apreciar la singularidad del cono truncado, que era mucho más que una simple edificación: era un punto de encuentro para la comunidad, un centro de atracción artística y un lugar de reflexión y meditación.
En su punto máximo de altura, había una terraza abierta al público. Desde allí, se podía observar toda la ciudad con una vista panorámica impresionante. En una tarde despejada, la joven artista Amalia subió a la terraza con una misión: capturar la esencia del lugar en su lienzo.
Mientras pintaba, Amalia no pudo evitar sentir una conexión especial con el edificio, que no solo parecía un faro de progreso, sino también un guardián de los sueños y aspiraciones de quienes vivían a sus pies. La forma truncada del cono representaba, para ella, los desafíos que se enfrentan al alcanzar grandes alturas, pero también la promesa de que siempre había un horizonte nuevo por descubrir.
Amalia concluyó su pintura justo cuando el sol comenzaba a ponerse, y el edificio reflejaba una gama de colores cálidos que parecían fundirse con el cielo. Con una sonrisa satisfecha, miró su obra y supo que había capturado algo más que una imagen. Había capturado el espíritu de la ciudad y la esperanza que emanaba de aquel monumento moderno.
La artista grabó un recordatorio tangible: de que los sueños, aunque desafiantes, siempre encontraban su camino hacia el cielo.Malania
Imagen de la red.