HUYENDO DE LA SOMBRA
Timoteo era un hombre de carácter bastante especial.
Muchas veces parecía andar malhumorado, se enojaba consigo mismo.
Cierto día de sol, se lo vio un poco inquieto, corría, saltaba, parecía estar loco.
La gente lo miraba y sonreía, no paraba quieto un segundo.
Un jovencito que por ahí pasaba se le acerca para preguntarle si le sucedía algo.
-¿Qué tiene señor? ¿Puedo ayudarlo en algo?- le dice.
Timoteo lo mira con cara de poco amigo y responde
-Esa sombra que no me deja en paz, la quiero perder, pero me sigue a donde voy-.
El joven se sonrió a carcajada al escuchar su respuesta, eso no le agradó nada.
Timoteo, le dice con voz agresiva al joven
-¡Te estás burlando de mi jovencito!-.
El joven con temor huye sin contestarle, dejando solo a Timoteo.
Tanto estuvo así está hasta cansarse y sentarse dándose cuenta, mientras hay luz la sombra estará sin alejarse.
Es así que Timoteo decide dejar de huir de la misma.
Se da cuenta que está haciendo el ridículo y avergonzado se retira cabizbajo hacia su casa lentamente.Autor: Miguel Márquez
Imagen: propia (Malania)LOS TRES GARFOS
El asado crepitaba lento bajo el cielo abierto del campo. Entre risas y charlas distraídas, mi tenedor cayó al suelo. Un descuido, pensé. Pero casi enseguida, el de mi amiga siguió el mismo destino, y sin darnos tiempo a comentar, el de mi hijo cerró la extraña secuencia. Tres tenedores al hilo, como si el almuerzo hubiera marcado un compás invisible.
Nos miramos en silencio, sorprendidos. El campo parecía escuchar. Entonces entendí que no era torpeza ni casualidad: era una pausa que la vida nos pedía. Tres caídas para recordarnos que estábamos ahí, juntos, compartiendo algo simple y valioso. El asado podía esperar; el momento no.
Desde entonces creo que algunas señales no anuncian desgracias ni augurios, sino que nos invitan a bajar el ritmo, a volver al presente. Porque a veces, hasta un tenedor que cae tres veces seguidas, solo viene a decirnos: deténganse, miren, disfruten.
Malania
Imagen de la red
LA SOSPECHA
Mucho tiempo pasaría desde aquel día nefasto en el que se habría de descubrir la trama urdida por el hijo menor de la viuda.
Por aquellos años solía pasar un verdulero que agitaba la calma de la mañana en el pueblo callado. Ofertaba sus verduras, sus frutas maduras y perfumadas con el aroma consabido de la estación. Naranjas, mandarinas, manzanas traídas de Rio Negro, kiwis. Al cabo de unos minutos, las vecinas salían de sus casas para comprar alguna cosa o para chusmear entre ellas las últimas novedades. El verdulero, que las conocía muy bien, tenía para cada una un comentario referido a lo primero que le llamaba la atención. El caballo, manso y paciente, esperaba la orden de seguir adelante, mientras masticaba algún mato de pasto semiseco. Ese día las vecinas estaban casi en silencio. No hablaban y don Carlos, el verdulero, sospechó que algo fuera de lo común había pasado. No dijo nada, pero sus oídos estaban sumamente atentos a cualquier comentario. Pero nada, ni una palabra. Apenas un ‘buen día’ rápido como si hablar fuera considerado una especie de delación. Eso era, precisamente, lo que flotaba en el ambiente. Escuchó un comentario que le llamó poderosamente la atención: alguien había muerto. Pero la muerte no lo había buscado con el lento carcomer de una enfermedad. Había llegado y en breves minutos se lo llevó: un asesinato.
Don Carlos no sabía cómo había venido la mano. Un crimen, se dijo pensativo. Poco a poco las mujeres se empezaron a soltar.
– Lo mataron a don Raúl.
– Pero quién, como fue, preguntó don Carlos.
– Mire hasta ayer andaba, como todos los días, caminando por el barrio. Fue a la nochecita cuando nos enteramos. Lo van a velar recién después del medio día porque la policía tiene que hacer una autopsia pues se trató de un crimen. Lo encontraron con un golpe feroz en la cabeza.
Nadie sabía nada. El barrio quedó sumido en un gran silencio.
Cuando terminaba la recorrida, don Carlos regresaba a su casa. Ese día terminó antes. Tal vez sea porque la gente quedó impresionada, se dijo don Carlos. Lo cierto fue que cuando llegó a su casa, su esposa lo primero que le dijo,
– ¿Te enteraste?,
– De qué tengo que enterarme, le dijo Don Carlos.
– Lo mataron a Raúl y parece que fue alguien de la familia.
– Si me enteré, pero nadie me dijo nada. Parece que no quieren hablar del tema.
Don Carlos se calló. No sabía muy bien por qué no quería hablar del asunto, aunque sus pensamientos volvían sobre Raúl, un buen hombre, al menos eso creía él. Se sentó para el almuerzo y prendió el televisor, pero sus pensamientos volvían sobre el pobre Raúl. Siempre pensé, se dijo a sí mismo, que no era bueno para él juntarse con la Raquel. Nunca se lo había dicho. La Raquel no es mala pero ya había estado con varias parejas y siempre sus separaciones terminaban mal. Claro, ¿qué separaciones terminan bien? Tendré que ir al velorio. Comió casi sin darse mucha cuenta de la riquísima sopa que había preparado su esposa. Del televisor ni se acordó. Lo miraba sin verlo. Cuando terminó su almuerzo fue a echar una siesta.Continuará.
Autor: Manuel Clemente Rodríguez (Manu)
Imagen: De la red
ÚLTIMA LLAMADA
Esperando encontrarse solo, Don Jacinto aprovechó para hacer su última llamada.
Sabía que su tiempo llegaba al final, tomó el teléfono y discó un número que llevaba en mente.
Lentamente tomó el tubo del mismo, al colocarlo sobre su oído escuchó una voz que lo llenó de paz.
Quien le hablaba lo hacía con cierto amor, no podía dejar de prestarle atención.
De repente la misma le hace una pregunta
-¿Sabes quién soy y por qué te digo estas palabras?-.
Con voz temblorosa Don Jacinto se animó a responder
-Para mí eres Dios-.
Con el gran creador estaba hablando, aprovechó para pedirle si podía hacer del mundo un lugar mejor para sus nietos, y derramó lágrimas
Su nieto más pequeño lo estaba escuchando tras la puerta entreabierta, igual que él derramó lágrimas en silencio.
Lento se alejó mientras el anciano finalizó la última llamada, todo se llenó de calma reinando la paz en el lugar.
Así Don Jacinto se levantó y salió de la pieza rumbo a su cuarto echándose a dormir.
Cerró los ojos para no volver a despertar.
Se fue sin decir adiós en su soledad, quedando un dejo de nostalgia.Autor: Miguel Márquez
Imagen: de la red. Gentileza del autor del cuento.
EL NIÑO Y EL PERRO
Un niño llamado José, todos los días cuando no estaba en la escuela, recorría el pueblo con su perro.
Llegaba a todas las casas que podía para preguntar si no necesitaban algo, estaba siempre dispuesto a hacer mandados.
Era muy conocido en el pueblo además de ser muy querido por todos, nunca se negaba a lo que los vecinos le pedían.
Nadie pedía algo que un niño no pudiese hacerlo, y ahí él con su perro, firmes a cumplir con lo que le pedían.
Por cada mandado o tarea le daban una moneda que no pedía y las iba juntando, al final del día se las daba a su madre, era de familia muy humilde.
Así pasaba sus días para poder ayudar en las compras de alimentos para sus hermanos pequeños.
Dónde iba, su perro lo seguía, se habían vuelto inseparables, tanto el sentimiento entre ambos, que no se los veía solos.
Si veían al animal frente a un comercio José estaba dentro realizando compras.
Una tarde fría de invierno el niño encontró a su perro agonizando e intentó todo para que mejorase.Todo lo que hizo y buscó, no dio resultado, su mascota terminó falleciendo, eso entristeció mucho al niño.
Ya no era el mismo sin su perro, con el pasar de los días se lo dejó de ver a José, y en el pueblo se preocuparon por él.
Cuando de la escuela lo fueron a ver, estaba en su casita simple muy enfermo en cama.
Llevaron a un médico que lo trató pero nada pudo hacer por él, se encontraba muy grave.Decidió que lo internaran en un hospital en la ciudad, no dio garantía de que pudiese mejorar aunque haría todo para eso.
A los cinco días el pueblo lloró su muerte y la escuela permaneció cerrada estando de luto.
Un anciano sentado frente a la sede vecinal del barrio donde el pequeño era velado miró al cielo.
Llorando dijo en voz alta para que todos escuchasen.
–Se fue el niño y el perro, nada será igual, no pasará su figura con su mascota siempre juntos–
Así todos despidieron a José que, como su perro se ganaron el cariño de todos.
Con el tiempo la única plaza del pueblo pasó a llamarse Plaza José y en ella un monumento al niño con su perro.Autor: Poeta uruguayo Miguel Márquez
Imagen: de la red
EL GALLO CONFUNDIDO
Había un vecino que estaba orgulloso de su gallinero. Tenía gallinas que ponían huevos gordos y brillantes… y un gallo que se creía tenor de ópera.
El problema era que al gallo no se le daba por cantar al amanecer, como dictaba la tradición, sino a las dos de la madrugada, cuando todos soñaban con playas paradisíacas o con que les tocaba la lotería. Con un “¡Quiquiriquíííííí!” potente, despertaba a otros gallos que le respondían desde quién sabe dónde, con un ¡Cocorocóóóóóó!. Y es más, se subía a un árbol preferido por él para dormir, y desde allí cantaba hasta que el sol mostraba sus primeros claros de luz, despertando no solo a su dueño sino a todo el barrio. Hasta al perro, que respondía con un ladrido enojado.
Los vecinos intentaron al principio ignorarlo, luego taparse los oídos con almohadas, otros sugirieron inscribir al gallo en un concurso de canto…, pero como el sonido era tan estridente, ninguna de las opciones resultó convincente y el descanso se volvió imposible. Así que tras varias noches de insomnio, cansados de las ojeras y los bostezos, decidieron que lo más sensato era reunirse para hablar con su dueño.
Y así fue. Después de aquella charla, el gallo desapareció misteriosamente del barrio. Nadie volvió a escucharlo. Algunos dicen que terminó en una quinta lejana; otros, más maliciosos, aseguran que se convirtió en sopa de domingo. Lo cierto es que, desde entonces, todos pudieron volver a dormir… aunque, de vez en cuando, alguien sueña con un “¡quiquiriquííí!” lejano y se despierta sobresaltado.
Pero lo de hoy, sorpresa de domingo en madrugada, no fue un sueño. Ahí estaba el gallo, subido a su árbol preferido, cantando su “¡Quiquiriquíííííí!”, pero esta vez, a las cinco, con los primeros claros del día.Malania
Imagen: Javier A. T.
PARTICULAR ORDEÑE
Era pequeña, quizás 5 o 6 años de edad. Mi madre y a veces mi padre también, me llevaban al campo, al corral, donde nos esperaban las cuatro o cinco vacas para ser ordeñadas. Muchos días fueron los que con paciencia me enseñaban a hacerlo pero nunca pude aprender. Quizás mis pequeñas manos no tenían fuerza suficiente para apretar las ubres o tal vez el animal reconocía que no era yo la que tenía que hacer la extracción de leche. Lo cierto es que en casa nunca faltó leche fresca recién ordeñada, como tampoco la preciada ricota y crema. Me gustaba comer con varenekis (algo así como empanaditas hervidas en agua y sal), o también llamados peroguis o perojé (en ucraniano) que mi madre y mi hermana mayor los preparaban sobre todo los días domingos. A mí no me pedían ayuda porque decían que los míos se abrían en el agua y perdían el relleno.
Al lado del corral había un árbol muy grande llamado “tala”, que daba frutas muy pequeñas pero muy ricas de color verde. Y también una de cactus, de las que podía comer sus frutos solamente si mi madre o mi padre los sacaba y ponía en condiciones para el consumo (sacarles todas las espinas, lavarlos y con el control correspondiente, podía comerlo)
Nunca me sentí cansada de caminar la distancia de aproximadamente tres kilómetros, en días de primavera o verano, muy temprano al clarear el día y antes que salga el sol. El objetivo era más que atrapante.
Son recuerdos imposibles de olvidar.
Mi amigo Patricio con su escrito: A LA LATA AL LATERO y la imagen con la que ilustró en su blog “Algo más que palabras”, me trajo a la mente esta historia real de mi infancia. Se lo agradezco porque con sus post siempre hace reflexionar.Malania
Imagen de la red.
EL LAGARTO
Ella había terminado de limpiar la galería que da al patio de su casa y se disponía a preparar el almuerzo, cuando escuchó un ruido extraño, como si algo pesado se arrastrara por el suelo.
Salió al patio por la puerta del frente y solo vio las ramas de los árboles que se movían con el viento. Volvió a ingresar a la casa, pero el ruido era cada vez más intenso. No convencida con lo que había visto antes, volvió a salir y al mirar detenidamente más de cerca, sus ojos no podían creer lo que veían. Hacia la casa, un enorme lagarto se arrastraba lentamente. Su piel gruesa y escamosa brillaba con el sol. Su cola larga se movía hacia un lado y otro como dando impulso a su recorrido. El movimiento de las plantas y el crujir de las hojas secas parecían acompañar su respiración. Sus ojos pequeños pero alertas la encandilaban, o al menos eso le parecía porque se le había helado la sangre.
No sabía qué hacer, porque recordó que, según dichos de personas entendidas en la materia, si él se asustaba, para defenderse podría atacar.
Permaneció inmóvil hasta que se animó a buscar el teléfono móvil que había dejado sobre la mesa. Lo filmó y fotografió; y como si eso lo hubiera disgustado, comenzó a sacar su larga lengua. Pero luego, ella se dio cuenta de que había hormiguitas y él las venía comiendo.
Su desconcierto aumentaba, mientras el enorme animal empezó a recorrer la galería sacando su lengua para capturar algunos insectos que ella no veía.
En vano fue su gran susto, porque el lagarto ajeno a su presencia, o quizás no, continuó disfrutando de su banquete. Moviéndose con una calma inquietante, dio un giro rápido y se deslizó hasta descender nuevamente al jardín. Desapareció entre las ramas pero el eco de sus pasos sobre el suelo de tierra parecía resonar en su cabeza.
Su corazón latía rápido y mientras cerraba la puerta de la casa, que suele mantener abierta por el intenso calor, se preguntaba qué haría en caso de que regresara. ¿Ya no podría mantener la puerta abierta? ¿Habrá sido esta una visita en busca de comida o tendrá su cueva en un sitio cercano?
Cuando llegó su marido le comentó lo sucedido. Él con tranquilidad le dijo:
– Es el lagarto Láser, nuestra vecina lo tenía de mascota. Ahora que se mudó a otra localidad, y no lo pudo llevar, vivirá buscando comida por los alrededores. Ojalá nadie le haga daño.
Ella lo miró desconcertada porque nunca antes lo había visto.
– La vecina lo tenía encerrado en una habitación y lo soltaba solo por las noches, es por eso que no lo habías visto antes- agregó el hombre.
¿Cuál será el destino del enorme Láser?Malania
Imagen: Ramona M. T.

COLIBRÍ TORNASOL
En un atardecer tranquilo, el sol iba desapareciendo dejando prolongadas sombras sobre el patio y el jardín. El aroma de los jazmines se expandía por todo el cálido ambiente de primavera. En un rincón del patio, cercano adonde la joven estaba sentada, rompió la calma el suave ruido como si fuese de un diminuto ventilador. Era un pequeño colibrí que la visitaba.
Tal vez cansado por la intensidad de su ajetreo, escogió ese lugar para descansar. Un cable y una rama le sirvieron de posada.
Pero no le bastó posarse solamente sino que se le acercó para pedir mimos.
Quizás estaba asustado, y la paz del lugar lo acogió en ese instante.
Como si supiera que ella no le haría daño el colibrí permitió que lo tocara.
Ella le acarició son suavidad el lomo y la pancita del pequeño y frágil pajarito. Su pecho brillaba como una joya mientras sus alas descansaban por un momento. El colibrí en agradecimiento y con expresión tranquila y soñolienta, cerraba los ojitos al ser acariciado. Su pequeñez parecía ser un milagro de la naturaleza. El aire alrededor se llenó de una quietud especial.
De pronto un leve estremecimiento recorrió sus alas pero no voló.
En ese instante ella sintió una conexión profunda y especial como si el pequeño colibrí estuviera agradeciendo por ese momento de descanso.
Un rayo de luz se filtró por entre las ramas del naranjo e iluminó su cuerpito, abrió los ojos, la miró con una expresión que contenía miles de historias.
Luego, con un delicado batir de alas, se alejó, zumbando de nuevo por el jardín, como si nunca hubiera hecho una pausa.
La joven mujer sintió una sensación de calma en el corazón. El patio y jardín volvían a su ritmo, pero el colibrí, aunque ya no estuviera, en su pequeño descanso había dejado una huella en el aire, un recordatorio de que, a veces, la belleza y la paz se encuentran en los momentos más simples y sencillos de la vida.Malania
Imagen: Rosana M. B.
EL DINERO NO ES TODO
Continuación de la Segunda Parte publicada el 06-10-2024
Ya no me volveré a dormir por hoy, creo…
Tercera Parte
Debo también dejar escrito, continuó Rubén, cuál es mi situación actual, en este momento. Luego de haber llegado desde el país del Norte, en Enero del 2020, “escoltado” por dos agentes federales hasta Ezeiza, después de deportarme por una falsa acusación de haber dejado una carta con amenazas que nadie vio, sino por una denuncia de una persona que después pareció haber desaparecido misteriosamente, y de haberme tenido detenido ilegalmente -según normas internacionales, es lo que adujeron- por 3 años, he perdido todo lo que tengo de bienes materiales.
Mi suerte es que, de mi vida anterior en Argentina, quedaron buenos amigos. Uno de ellos me ayudó a vivir con una mínima decencia, y no como yo suponía que iba a dormir en la calle, y comer de beneficencia. Luego me consiguió una casa donde vivir, y hasta aparecieron algunos dólares de los que guardaba antes de que me llevasen detenido a aquel país, que me dio la chance de elegir qué comer, así como pagar por una pieza, un baño, y un espacio para cocina, que ya estaban destinadas a la demolición. Es aquí adonde vivo hoy.
Pero otro amigo, esta vez del exterior, con quien trabajé en aquel país, y también salió de allí con un derrame cerebral hacia su país de origen, Australia, se ofreció a ayudarme. Empiezo a salir de la miseria. Y con esto me alejaré de la gente miserable que puede herirme lo suficiente como para hacerme odiar, y entrar en el ordeñe de emociones de los diablos.
Y sé que me quedan muchos más amigos. Muchos que me conocieron cuando no tenía ni idea de todo esto que me pasó. También algunos de mi familia que están en Tucumán y Salta, con quienes siempre nos hicimos bien, y eso se recuerda.
Ya me queda poco tiempo en este estado. Aprendí qué es lo que está pasando, y eso me hará buscar una puerta hacia la libertad o, al menos, no descuidarme para caer de nuevo en la “granja de ordeñe de los diablos”.
De cualquier manera, debo escribir esto también como catarsis sobre la vida que llevo hoy, y no caer nuevamente, especialmente en la debilidad de tratar de acumular dinero como única motivación. El tema dinero es lo que usan los arcontes (diablos) para corromper a las personas, hacerlos sufrir y odiar, y quitarles esos sentimientos que son su alimento. Me debo recordar la promesa de tener solamente el dinero necesario para vivir, con ahorros para 3 años de vida en forma extremadamente simple. Nada más. Y si entra más dinero que esto, donarlo rápidamente a las entidades que quiero y admiro (como mi querido colegio de Tucumán: el Instituto Técnico). Así me escaparé de cualquier tentación económica, y en consecuencia, a la posibilidad de caer en las manos de los ordeñadores de emociones.
Hoy ya es otro día, para pensar, razonar, meditar, y decidir en cómo hacer para salir hacia la luz. En cómo alejarme o cómo abandonar el mundo de los “arcontes”. Si a veces alguna vaca se escapa del corral de los humanos y puede vivir una vida libre por un tiempo, lo mismo puedo intentar yo.
A veces, y cada vez más, pienso que todo esto va a ser posible si me alejo de todas las partes donde se supone que me puedan encontrar. Esto deberá incluir algo de Argentina, todo ese país de Norteamérica que tanto me hizo sufrir, y también Europa, donde creo está el centro del mal, y que influencian en muchos otros lugares del mundo. Claro, eso es el centro del mal desde “nuestro lado” de la montaña o del Océano. Al otro lado seguramente están los habitantes de otros países como Rusia, China, India por nombrar algunos. Los demonios no van a dejar de conquistar y alimentarse en ninguna parte del mundo. Pero quizás algún lugar con poca importancia para ellos sea una solución para mí. Debo seguir intentando buscar ese lugar, y ver cómo llego. Creo que ya estoy entendiendo cómo funciona el sistema de los arcontes, o al menos eso es lo que creo.Malania
Imagen: propia