SACAR LA LENGUA
Sacar la lengua
puede ser una travesura,
un desafío,
una burla pequeña
que cabe en la sonrisa de un niño.Puede decir:
“no me importa”,
“te estoy molestando”,
“mírame”,
o simplemente
“hoy no pienso portarme bien”.Pero la lengua también sabe
de silencios,
de concentración,
de esos instantes en que el mundo desaparece
y hasta el cuerpo parece pensar.Hay pueblos donde saludar con ella
no es insolencia,
sino tradición;
porque ningún gesto pertenece
a un solo significado.¿Y los gatos?
Ellos parecen haber entendido
que nosotros complicamos demasiado las cosas.A veces sacan la lengua
después de acicalarse,
porque se quedaron a mitad del ritual.
A veces porque están profundamente relajados,
porque olvidaron guardarla,
o porque su pequeño universo
estaba ocupado persiguiendo un sueño.Y otras veces, simplemente,
nos miran con esos ojos imposibles
y nos regalan un “blep”.Una lengua diminuta,
rosada y descarada,
asomándose al mundo
sin pedir permiso.Quizá no sea burla,
no sea saludo.
ni tampoco concentración.Quizá un gato,
cuando saca la lengua,
solo está diciendo:“Estoy aquí.
Estoy bien.
Y, por un instante,
me olvidé de ser elegante.”Malania
Imagen: Rosana G. B.
NUNCA CAMINARÁS EN SOLEDAD
Aunque camines sin nadie a tu alrededor,
siempre tendrás su compañía.Cuando no veas a nadie apoyarte en tormentas
Él estará aún sin verlo.Nunca caminarás en soledad, mantén tu fe en Dios,
porque Él no te abandonará jamás, fortaleciéndote
y te dirá a su manera:–Confía en mí y siempre me tendrás a tu lado, sin abandonarte jamás aún sin verme.
Autor: Miguel Márquez
Imagen: Gladis
RECUERDOS DEL SUBTERRÁNEO
EL MUCHACHO DEL METRO
Hay recuerdos que el metro guarda para uno. Algunos permanecen dormidos durante años, hasta que una palabra, una fotografía o el texto de un amigo los despierta de golpe. Hoy me ocurrió eso al leer una entrada en el blog de una amiga. Bastó que mencionara el metro para que volviera a verme allí, entre el traqueteo del vagón y el ir y venir de la gente.
Aquel día viajaba como tantas otras veces. El vagón iba lleno, aunque no tanto como para impedirme observar a un joven que permanecía de pie junto a la puerta, listo para bajar en cualquier estación. Vestía como un oficinista: camisa impecable, pantalón bien planchado, zapatos lustrados. En una mano sostenía el teléfono celular y sus dedos se deslizaban sin descanso sobre la pantalla. Escribía con tanta concentración que el resto del mundo parecía no existir.
Era mucho más joven que yo, casi de la edad de uno de mis hijos. Sin embargo, había algo en él que llamaba la atención. No era solo la juventud ni la elegancia discreta con que iba vestido. Era esa armonía difícil de explicar que, de vez en cuando, aparece en algunas personas. Era, sencillamente, hermoso.
No pude evitar mirarlo durante buena parte del viaje. Él jamás levantó la vista. Nunca advirtió que una desconocida lo observaba con una mezcla de admiración y ternura, sin otro pensamiento que el de contemplar una belleza tan natural como pasajera.
Cuando el tren se detuvo una estación antes de la mía, guardó el teléfono y descendió. Las puertas se cerraron y el vagón volvió a ponerse en marcha.
Mientras lo veía alejarse por el andén, pensé que, si hubiera bajado conmigo, tal vez habría reunido el valor para decirle una sola frase:
—Eres hermoso, como un rey. ¿Lo sabes?
Nunca lo hice.
Y quizá por eso, tantos años después, sigue viajando en mi memoria, joven para siempre, entre el ruido del metro y las puertas que se abren y se cierran.
Malania
Imagen: de la red
UN PAQUETE
Hay días que parecen decididos a poner a prueba la paciencia. Hoy fue uno de ellos.
Esperaba la llegada de un paquete con la tranquilidad de quien sabe que en algún momento sonará el timbre. Sin embargo, esa llamada nunca llegó. En su lugar, comenzó una larga cadena de incertidumbres.
El transportista, suponiendo que yo no me encontraba en casa, tomó una decisión por su cuenta: entregó el paquete a una señora llamada S. M., una vecina que vive a varias casas de distancia. Ella aseguró conocerme y dijo que luego me haría llegar el envío. Pero la realidad era muy distinta: no nos conocemos.
Desde el mediodía pasé horas averiguando qué había ocurrido. Fui de casa en casa, preguntando con la esperanza de encontrar alguna pista. Mientras tanto, el repartidor había dejado constancia en su hoja de ruta de que el paquete ya había sido entregado a una vecina, dando el asunto por resuelto.
Para alguien con buena salud, tal vez solo habría sido un contratiempo. Pero cuando el estado físico no acompaña, situaciones como esta generan un desgaste mucho mayor. La preocupación, la incertidumbre y el esfuerzo de recorrer el vecindario terminaron convirtiendo una simple entrega en una experiencia agotadora.
Finalmente, decidí comunicarme con la central desde donde había sido enviado el paquete. Escucharon mi reclamo y me aseguraron que buscarían una solución. Y, para mi alivio, así fue. Aproximadamente una hora después, el transportista se puso en contacto conmigo, fue a retirar el paquete del lugar donde lo había dejado y, ya entrada la noche, lo entregó en mi domicilio, como debió haber ocurrido desde el principio.
El problema quedó resuelto, pero la experiencia dejó una enseñanza para todos los involucrados. El transportista comprendió que nunca debe entregar un paquete a un tercero sin la autorización expresa del destinatario, por más bien intencionada que parezca la decisión. Y quien recibe un envío ajeno también debería actuar con prudencia: no corresponde aceptar la responsabilidad de entregar un paquete a alguien que en realidad no conoce.
Al final, el paquete llegó a destino. Pero lo que debió ser un trámite sencillo terminó convirtiéndose en una tarde de preocupación, búsquedas y llamadas. Ojalá esta experiencia sirva para recordar que, en cuestiones de confianza y responsabilidad, hacer las cosas correctamente desde el principio evita problemas innecesarios para todos.
Malania
Imagen: de la red
SE ENAMORÓ
Tan solo verla no pudo dejar de mirarla,
su belleza lo conquistó,
suspiró por ella en su silencio.No pudo dejar de pensarla,
no pudo sacarla de su corazón
aunque no la tuviese a su lado.Se enamoró sin entender el porqué,
hoy la tiene presente
dejando cada palabra hable de ella.Quisiera olvidarla pero los recuerdos no dejan,
el tiempo la hace extrañar,
sabiendo, a la distancia la sigue amando.Autor: Miguel Márquez
Imagen: Gentileza del autor.MARIPOSA Y GIRASOL
En la mañana
como reina del lugar
vuela en silencio.Abre sus alas
con su porte elegante
besa al girasol.La mariposa
presencia calma y dulce,
suave y brillante.Malania
Imagen: Ninet
PACHAMAMA
Ya canta el monte temprano,
despierta el río al pasar;
agosto llega silbando
con perfume de chañar.Se arrodilla la mañana
sobre el vientre del terrón,
y la Pachamama espera
nuestro humilde corazón.No es un día cualquiera,
lo sabe el cielo y el sol;
la tierra viste de fiesta
con su poncho de color.Se abre el patio de la casa,
se enciende el fuego ancestral;
la memoria de los viejos
vuelve a hacerse carnaval.Corre la caña con ruda
como un rezo en la reunión;
cada sorbo es un “gracias”,
cada trago, una bendición.Dicen que espanta las penas,
que al mal lo deja partir,
y que fortalece el alma
para volver a vivir.¡Salud, Madre de los montes,
de la espiga y el mistol!
Que nunca falte tu abrazo,
ni la lluvia, ni el farol.Porque el hombre es solo un hijo
de tu inmensa voluntad;
quien cuida la tierra, cuida
su propia eternidad.Que florezcan los caminos,
que haya cosecha y calor;
y que agosto nos recuerde
vivir sembrando el amor.Levantemos nuestras copas
mirando el amanecer;
por la Pachamama eterna,
¡gracias por tanto ofrecer!Y que la caña con ruda,
como enseñó la tradición,
nos encuentre cada agosto
con fe, respeto y unión.Que nunca muera la costumbre,
ni el respeto al vegetal;
porque quien honra a la Tierra
siembra un mañana ancestral.Brindo por la Pachamama,
por su infinito verdor;
que el primero de agosto
nos encuentre con amor.Malania
Imagen de la red
EL RELOJ INTERIOR
Hubo un tiempo en que corría,
como si la vida premiara al primero en llegar.
Creía que la prisa era el idioma de los sueños,
y que detenerse era perder y llorar.
Pero el camino, sabio en sus silencios,
me habló con la voz de las caídas y las tormentas.
Me enseñó que no toda carrera
se conquista con velocidad,
y que a veces el paso más valiente
es aquel que sabe esperar.
Aprendí a caminar sobre cáscaras de huevo,
con el alma despierta y los sentidos abiertos,
descubriendo que no toda sonrisa nace del corazón,
ni todo elogio es reflejo de la verdad.
Hay palabras que abrazan de frente y,
al darse vuelta, se convierten en sombras.
Hoy camino despacio.
Ya no persigo las horas, ni discuto con el reloj.
Solo escucho el compás que marca mi pecho,
ese latido sincero que conoce los senderos
antes que mis propios pasos.
Porque el corazón,
cuando aprendemos a oírlo,
es el único mapa que casi nunca se equivoca.
Y en su calma he encontrado el destino
que la prisa jamás pudo mostrarme.Malania
Imagen: propia
VOLVER O NO
¿Y no has pensado en que algún día puedas volver?…
A veces es necesario dejar atrás no solo un lugar solitario, sino alejarse de las personas que están, pero ya no nos hacen compañía.
Y cuando piensas en ellas, o en ese lugar, puedes recordarlo con una sonrisa o con desprecio. Todo depende de la situación que ha generado ese deseo de abandonar el lugar.
Malpa tenía dos hijos varones mellizos y una mujer. Los niños eran tan pero tan terribles, que la mujer, vaya a saber qué fue lo que la impulsó, un día preparó su valija (maleta) diciendo que se iba de compras a Buenos Aires y estaría ausente de su hogar por unos días. Lo cierto es que nunca más volvió.
Una vecina, que se dedicaba a vender ropa ofreciéndolas a domicilio, viajó a la gran ciudad y encontró a Malpa en uno de los comercios del rubro ropería.
Le preguntó: ¿No has pensado en volver algún día? Pero la respuesta fue solamente una mirada lejana y un movimiento de cabeza a un lado y otro en señal de negación.
Según dicen, Malpa trabajaba como mucama en un edificio de la gran ciudad.Malania
Imagen: de la red