• Relatos

    EL MILAGRO: LAS LANGOSTAS

    La asombrosa BATALLA DE TUCUMÁN que ganó Manuel Belgrano.

    Narrada de primera mano por un soldado participante:

    Vea usted: teníamos todo para perder aquel día, pero igual nos moríamos de ganas por salir a degollar. Todavía no había amanecido, y el general iba y venía dando órdenes en lo oscuro. 

    Cualquiera de nosotros, la simple soldadesca de aquella jornada, sabía que nuestro jefe no tenía ni puta idea sobre táctica y estrategia militar. Que era hombre de libros y de leyes, pero que había aceptado obediente el reto de conducir el Ejército del Norte y pararles el carro a los godos. 

    También sabíamos, de oídas, que al enemigo lo manejaba con rienda corta un americano traidor: Pío Tristán, nacido en Arequipa e instruido en España; nos venía pisando los talones con 3000 milicos imperiales y habíamos tenido que vaciar y quemar Jujuy para dejarles tierra arrasada. Muy triste, vea usted. 

    Fue en los primeros días de agosto de 1812. Y el general les ordenó a los pobladores que tomaran lo que pudieran y destruyeran todo lo demás.

    Le digo la verdad: el que se retobaba podía ser fusilado sin más trámite. No había muchas alternativas. 

    Ayudamos a arrear el ganado y a quemar las cosechas. Yo mismo lo vi con estos mismos ojos, señor: al final cuando no quedaba nada ni nadie, Belgrano salió a caballo de la ciudad y se puso a la cabeza de la columna. Íbamos en silencio, con sabor amargo, y tuvimos que cruzar tiros cuando una avanzada de los españoles jodió a nuestra retaguardia a orillas del río Las Piedras. El general mandó a la caballería, a los cazadores, los pardos y los morenos. Meta bala y aceros. Y al final, a los godos no les daban las piernas para correr, señor, se lo juro. 

    Sospechábamos que nos habían atacado con muy poco, pero nosotros veníamos de capa caída: darles esa leña y salir victoriosos fue un golpe de orgullo.

    Voy a decirle la verdad: cuando Belgrano se hizo cargo éramos un grupo de hombres desmoralizados, mal armados y mal entretenidos. Y al llegar a Tucumán no crea que habíamos mejorado mucho, aunque marchábamos con la moral en alto. 

    Ahí lo tiene a ese doctorcito de voz aflautada: nos acostumbró a la disciplina y al rigor, y nos insufló ánimo, confianza y dignidad. Aunque en las filas no nos chupábamos el dedo, señor. 

    Pío Tristán nos perseguía con legiones profesionales, sabía mucho más de la guerra y caería sobre nosotros de un momento a otro. Nos enteramos por un cocinero que incluso el gobierno de Buenos Aires le había dado la orden a Belgrano de no presentar batalla y seguir hasta Córdoba. 

    Pero el general había resuelto desobedecer y hacerse fuerte en Tucumán. Adelantó oficial y tropas con la misión de que avisaran al pueblo que ya entraban para conquistar el apoyo de las familias más importantes y también para reclutar a todo hombre que pudiera empuñar un arma. 

    Había pocos fusiles, y casi no teníamos sables ni bayonetas, así que cuatrocientos gauchos con lanzas y boleadoras pusieron mucho celo en aprender los rudimentos básicos de la caballería. Nosotros los mirábamos con desconfianza, para qué le voy a mentir. “¿Y estos pobres gauchos qué van a hacer cuando los godos se nos vengan encima?”. 

    La teníamos difícil, no sé si se da cuenta. Y estuvimos algunos días fortificando la ciudad, armando la defensa, cavando fosos y trincheras, y haciendo ejercicios. “Voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza para concluir con honor”, les dijo Belgrano a sus asistentes. 

    La noticia corrió como reguero de pólvora. No tiene usted idea lo que es aguardar la muerte, noche tras noche, hasta el momento de la verdad. Le viene a uno un sabor metálico a la boca, se le clava un puñal invisible en el vientre y se le suben, con perdón, los cojones a la garganta. 

    Uno no piensa mucho en esas horas previas. Sólo desea que empiece la acción de una vez por todas y que pase nomás lo que tenga que pasar. El general finalmente nos puso en movimiento en la madrugada del 24. 

    Avanzamos en silencio absoluto hasta un bajío llamado Campo de las Carreras y ahí estábamos juntando orina y con ganas de salir a degollar cuando apareció el sol y comprobamos que los tres mil imperiales nos tenían a tiro de cañón.

    Miré por primera vez a Belgrano en ese instante crucial, señor, y lo vi pálido y decidido. Hacía tres días nomás le había enseñado a la infantería a desplegar tres columnas por izquierda mientras la pobre artillería se ubicaba en los huecos. Era la única evolución que habían ejercitado en la ciudad. Pero los infantes lo hicieron a la perfección, como si no fueran bisoños sino veteranos. 

    El general ordenó entonces que avanzara la caballería y que tocaran paso de ataque: los infantes escucharon aquel toque y calaron bayoneta. Y antes o después, no lo recuerdo, dispuso Belgrano que nuestra artillería abriera fuego. Varias hileras de maturrangos se vinieron abajo. 

    Volaban pedazos de cuerpos por el aire y se escuchaban los alaridos de dolor. No puedo contarle con exactitud todos esos movimientos porque fueron muy confusos. 

    Sepa nomás que los godos nos doblaban en número, pero que igualmente les arrollamos el ala izquierda y el centro. Y que su ala derecha nos perforó a los gritos y a los sablazos. Tronaban los cañones y levantaba escalofríos el crepitar de la fusilería. Todo se volvió un caos. 

    Nos matábamos, señor mío, con furia ciega y no se imagina usted lo que fue la entrada en combate de los gauchos. Cargaron a la atropellada, lanzas enastadas con cuchillos y ponchos coloridos, pegando gritos y golpeando ruidosamente los guardamontes. 

    Parecían demonios salidos del infierno: atropellaron a los godos, los atravesaron como si fueran mantequilla, los pasaron por encima, llegaron hasta la retaguardia, acuchillaron a diestra y siniestra, y se dedicaron a saquear los carros del enemigo. 

    Eran brutos esos gauchos. Brutos y valientes, pero aquel saqueo los distrajo y los dispersó. Diga que los vientos estaban ese día de nuestra parte. 

    Y esto que le refiero no es sólo una figura, señor. Es la pura realidad. Vea usted: en medio de la reyerta se arma un ventarrón violento que sacude los árboles y levanta una nube de polvo. Y no me lo va a creer pero antes de que llegara el viento denso vino una manga de langostas. De pronto se oscureció el cielo, señor. Miles y miles de langostas les pegaban de frente a los españoles y a los altoperuanos que les hacían la corte. 

    Los paisanos más o menos sabían de qué se trataba, pero los extranjeros no entendían muy bien qué estaba ocurriendo. Dios, que es criollo, los ametrallaba a langostazos. Parecía una granizada de disparos en medio de una polvareda enceguecedora. Le juro que no le miento. Un apocalipsis de insectos, viento y agua misteriosa, porque también empezó a llover. Nuestros enemigos creían que éramos muchos más que ellos y que teníamos el apoyo de Belcebú. 

    Muchos corrían de espanto hacia los bosques. Y con tanto batifondo, sabe qué, apenas nos dimos cuenta de que nuestra derecha estaba siendo derrotada y que armaban un gran martillo para atacarnos por ese flanco. Nosotros, que estábamos un poco deshechos, nos encontramos entonces en el medio del terreno y haciendo prisioneros a cuatro manos. 

    Unos y otros nos habíamos perdido de vista, y el general cabalgaba preguntando cosas y barruntando que las líneas estaban cortadas. Se cruzaba con dispersos de todas las direcciones y los interrogaba para entender si la batalla estaba ganada o perdida. Y todos le respondíamos lo mismo: “Hemos vencido al enemigo que teníamos al frente”. 

    Belgrano permanecía grave como si nos hubiéramos vuelto locos o si le estuviéramos metiendo el perro. Ya no se oía ni un tiro, y mientras nuestro jefe regresaba a la ciudad, Tristán trataba de rearmarse en el sur. 

    La tierra estaba llena de sangre y de cadáveres, y de cañones abandonados. Pero el peligro seguía siendo tanto que muchos patriotas debieron replegarse sobre la plaza, ocupar las trincheras y prepararse para resistir hasta la muerte. 

    Creyendo aquel miserable godo que era dueño de la situación intimó una rendición y advirtió que incendiaría la ciudad si no se entregaban. Nuestra gente le respondió que pasarían a cuchillo a los cuatrocientos prisioneros. Ya sabían adentro que Belgrano venía reuniendo a la caballería.

    Pasamos la noche juntando fuerzas, cazando godos, despenando agónicos y pertrechándonos en los arrabales. No tengo palabras para narrarle cómo fueron aquellas tensas horas. Una batalla que no termina es un verdadero suplicio, señor. Anhelábamos de nuevo que saliera el sol para que fuera lo que Dios quisiera. Era preferible morir a seguir esperando.

    Al romper el sol, el general había juntado a 500 leales. No se oían ni los pájaros aquella madrugada del 25 de septiembre, y el jefe mandó entrar por el sur y formar frente a la línea del enemigo. 

    Estábamos cara a cara y a campo traviesa. Éramos parejos y, después de tanta matanza, ahora el asunto estaba realmente para cualquiera. 

    Fue Belgrano quien esta vez intimó una rendición. Les proponía a los realistas la paz en nombre de la fraternidad americana. Tristán le contestó que prefería la muerte a la vergüenza. Presuntuoso hijo de la gran puta, nos rechinaban los dientes de la bronca. “Han de estar nerviosos -dijo mi teniente-. Cuando un gallo cacarea es que tiene miedo.”

    Miramos a Belgrano esperando la orden de carga, pero el doctorcito tenía un ataque de prudencia. Tal vez pensara que no estaba garantizada una victoria, y que no podía arriesgarse todo en un entrevero. En esos aprontes y dudas estuvimos todo el santo día, maldiciéndolo por lo bajo y agarrados a nuestras armas. 

    Por la noche los españoles se dieron a la fuga. Habían perdido 61 oficiales. Dejaban atrás más de seiscientos prisioneros, 400 fusiles, siete piezas de artillería, tres banderas y dos estandartes. 

    Y lo principal: 450 muertos. Nosotros habíamos perdido 80 hombres y teníamos 200 heridos. Belgrano ordenó que los siguiéramos y les picáramos la retaguardia. Los realistas iban fatigados, con hambre y sed, y en busca de un refugio. Y nosotros los perseguíamos dándoles sable y lanza, y escopeteando a los más rezagados. No le cuento las aventuras que vivimos en esas horas, entre asaltos y degüellos, entrando y saliendo, ganando y perdiendo, porque se me seca la boca de sólo recordarlo, señor mío.

    Regresamos a Tucumán con sesenta prisioneros más y muchos compañeros nuestros rescatados de las garras de los altoperuanos. 

    Éramos, en ese momento, la gloriosa división de la vanguardia, y al ingresar a la ciudad, polvorientos y cansados, vimos que el pueblo tucumano marchaba en procesión y nos sumamos silenciosamente a ella. 

    Allí iba el mismísimo general Belgrano, que era hombre devoto, junto a Nuestra Señora de las Mercedes y camino al Campo de las Carreras, donde los gauchos, los infantes, los dragones, los pardos y los morenos, los artilleros y las langostas habíamos batido al Ejército Grande.

    Créame, señor, que yo estaba allí también cuando el general hizo detener a quienes llevaban a la Virgen en andas. Y cuando, ante el gentío, se desprendió de su bastón de mando y se lo colocó a Nuestra Señora en sus manos. 

    Un tucumano comedido comentó, en un murmullo, que la había nombrado Generala del Ejército, y que Tucumán era “el sepulcro de la tiranía”. La procesión siguió su curso, pero nosotros estábamos acojonados por ese gesto de humildad. 

    Había desobedecido al gobierno y se había salido con la suya contra un ejército profesional que lo doblaba en número y experiencia, pero el general no era vulnerable a esos detalles, ni al orgullo ni a la gloria. No se creía la pericia del triunfo. Le anotaba todo el crédito de la hazaña a esa Virgen protectora, y no tenía ni siquiera la precaución de disimularlo ante el gentío.

    Nosotros tampoco sabíamos, la verdad, que habíamos salvado la revolución americana, ni que el cielo había guiado el juicio de nuestro estratega ni que Dios había mandado aquellos vientos y aquellas langostas. 

    Recuerde: éramos la simple soldadesca y no creíamos en milagros. Veníamos de merendar godos y altoperuanos por la planicie y todo lo que queríamos en ese momento era un vaso de vino y un lugar fresco a la sombra. Pero mirábamos a ese jefe inexperto y frágil y lo veíamos como a un gigante. 

    Y lo más gracioso, vea usted, es que a pesar del cuero curtido y el corazón duro de cualquier soldado viejo, a muchos de nosotros empezaron a corrernos las lágrimas por el morro. 

    Porque Belgrano era exactamente eso. Un gigante, señor. 

    Un gigante…

    Autor: Un soldado participante.
    Gentileza: Rubén Ch.
    Imagen: de la red

  • Efemérides

    SAN BENITO

    Hoy, 11 de Julio, se conmemora el día de San Benito de Nursia. Es conocido principalmente como el Santo Patrono de Europa, nombrado por Pablo VI en 1964.
    Es venerado como poderoso protector contra el mal, las tentaciones y la brujería, siendo su medalla un conocido amuleto de exorcismo y protección, además de ser invocado para una buena muerte. 
    Su medalla, (Medalla de San Benito) reconocida por la Iglesia Católica como un potente sacramental para alejar espíritus malignos, tentaciones y peligros.

    Malania

    Información e imagen de la red.

  • Poemas

    QUIEN SE QUEDA

    Es más difícil para quien se queda,
    despedir los aromas
    de las rosas y de las lilas.
    Apilar los recuerdos y revisarlos
    es imposible,
    porque permanece la casa llena
    de presencias y experiencias,
    de vivencias, las cuales se graban en la mente.
    Nos quedamos y revivimos
    Nos vamos y dejamos la huella…
    Por eso, es más difícil para quien se queda
    despojarse de lo vivido.
    Cada rincón de la casa, grita su presencia.
    Cada momento, representa un desafío,
    para desligarnos de quien ha partido.
    Cada hora, nos cuenta aquello que hacíamos.
    El ambiente, se confabula para recordar a quien se fue,
    porque se quedó ahí, como energía ausente.
    Los recuerdos atrapan el consciente,
    es telaraña que nos succiona al abismo de la muerte.
    Morimos cada día por el hastío,
    por la falta de esa presencia, que dejó ese frío.
    Cuando estaba, el calor abundaba
    y ahora, la cobija no alcanza para subir
    la temperatura a 38 grados.
    Por eso… es más difícil para quien se queda.
    Quien se va se lleva todo y nos deja, en la orfandad,
    sin calor, sin charlas, sin un ser para compartir la soledad.
    La copa, se queda casi vacía, y cada gota de vino duele,
    se clava en las células de quien la bebe.
    Sangramos poco a poco, sorbiendo los recuerdos,
    reviviéndolos uno a uno, porque no queremos que se nos escapen.
    Deseamos que perduren como fotografías en la mente,
    que se puedan revisar día a día para fijarlas más.
    Aprehenderlas, como fichas dentro de nuestras manos,
    para observarlas cuando lo deseamos.
    Mis lágrimas, dicen que te llevo dentro,
    que me voy… pero me quedo.
    Estás sobre mí, como la nube que cruza el cielo,
    te siento como al aguacero,
    porque eres atmósfera, sol y cielo.
    Mañana, tarde, noche desesperada
    A donde mire, estás
    Donde voy… te encuentro.
    Por eso, es más difícil para quien se queda
    Pero igual, para quien se va, la ausencia pega…

    Autora: Escritora Prof. Sira Vargas de Biheller
    Barquisimeto Venezuela.

    Imagen: propia (Malania)

  • Prosa Poética

    LA CHICHARRA

    Nos canta en verano y del cual muchas cosas se dicen.
    Muchas cosas se cuentan sin saber mucho, si es verdad o no.
    Que anuncia calor, que maduraron las sandías.
    Otros, que es algo más trágico, pues anuncia su muerte que vendrá después.
    Lo que sé seguro es que ya no hace frío, donde el mar y cada playa se visten de fiesta.

    Dejemos cantar a cada chicharra porque así lo pide la naturaleza de un mundo herido, pero sigue vivo.
    Quiero escucharla a esa en el árbol que está en mi patio, en alguno alto.

    Canta chicharra amiga para disfrutarte, entre fines de noviembre hasta que se aleje el calor, cargando de alegría mi vida.

    Autor: Poeta uruguayo Miguel Márquez

    Imagen de la red

  • Poesía

    CUIDA TUS PALABRAS

    Hay vocablos que se afilan
    en las sombras de la lengua,
    ganchos hechos de ceniza,
    garfios que revientan venas;
    son jaurías desatadas
    en la noche del silencio,
    incendios en las entrañas,
    relámpagos sin consuelo.

    Son venenos que respiran
    entre grietas mal cerradas,
    punzones que se disfrazan
    de caricias disfrazadas.
    A veces llegan rastreras,
    como serpientes ardientes;
    otras, vienen como toros
    que arrollan todo al frente.

    Precaución, extrema, siempre,
    con la voz que se desquicia,
    la que salta como pólvora
    y se pudre en su avaricia.

    Son mareas desbordadas,
    tempestades en cadena,
    cuervos rotos en el aire
    goteando llagas ajenas;
    y son tumbas que se abren
    cuando estallan de rabia,
    porque un verbo sin conciencia
    hiere más que mil espadas.

    Las palabras son semillas
    que germinan luz o peste:
    si se lanzan sin alma
    solo engendran hambre y muerte.

    Atiende, atiende bien
    al filo oculto del verbo.
    Y no solo al verbo,
    también a los adjetivos
    y a los sustantivos,
    a las sílabas famélicas
    que rondan como espectros.

    Malania

    Imagen: de la red

  • Cuentos

    LA SOSPECHA

    (Tercera parte)

    En se momento don Carlos se dio cuenta que, efectivamente, el Gringo, el hijo menor de la viuda, hacía tiempo que no estaba en el barrio y tampoco la Marta, la hija mayor.
    – Sabe que tiene razón, doña, ni el Gringo ni la Marta.
    – Ud no es buen observador, le espetó la vecina.
    – Y dónde andan.
    – No sabemos porque la viuda no quiere hablar de ellos. Eso fue después que la policía le dijo que Raúl no había muerto del golpe en la cabeza, sino que había sido envenenado.
    Don Carlos, quedó sorprendido, ¿envenenado?, se dijo.
    – Cómo es eso.
    – Miré la policía le dijo eso a la viuda unos días después del entierro y no hizo ningún comentario. Solo le dijeron que Raúl habría tomado veneno de hormigas y eso era probable, ya que era un poco descuidado y nunca se lavaba bien las manos después de manipular el veneno. Y mire, don Carlos, que yo soy capaz de hacer hablar a un muerto, sin embargo, no le pude sacar una palabra a la viuda.
    Se hizo un silencio no muy largo y la chismosa le preguntó casi al descuido,
    – ¿Sabía que la viuda es abuela?
    – -No, que iba a saber si casi no me meto con los vecinos.
    – Si, es de la Marta y el nene ya tiene casi un año y medio.
    – Y dónde está ella, preguntó don Carlos.
    – Se fueron ella y el Gringo pocos días después del entierro. La viuda quedó muy triste, pero ya le están rondando la casa y se va alegrando poco a poco.
    – Y ¿Quién es el padre?, ¿Ud sabe?
    – No hay padre, don Carlos.
    – ¿Cómo que no hay padre, fue el Espíritu Santo?
    La chismosa no dijo nada, solo lo miró con picardía y se fue a su casa.
    Don Carlos quedó pensativo. Qué raro es todo esto, pensó. Empezó a recordar detalles de aquella muerte. Fue el Ernesto el que le dijo que Raúl había muerto, pero no le supo explicar bien lo que había pasado. Don Carlos quedó pensativo. En ese momento sintió que alguien le chistaba. Se dio vuelta y el Ernesto le dijo en silencio:
    – Vino la Marta con su hijo que ya tiene dos años y medio, ¿no la quiere ver?,
    – Y para qué le dijo Don Carlos.
    – Bueno Ud sabe, los chicos siempre delatan al padre, le dijo el Ernesto y lio miró con picardía.
    Don Carlos se quedó pensativo. Así que conociendo al hijo conozco al padre…¡qué bueno!…Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos comentarios que alguien le hizo en voz alta. Don Carlos caminó por la vereda y se dirigió hacia donde escuchó los ruidos. Cuando llegó a la esquina giró a la derecha donde estaba la casa de la Raquel. Había bullicio porque se habían acercado para saludar a la Marta que acababa de llegar. Tenía al nene en brazos. Don Carlos sintió curiosidad y se acercó despacito hasta el grupo. La Marta lo vio y sonriendo le saludó:
    – ¡Buen día don Carlos! Cómo anda.
    – ¿Muy bien gracias, y vos?
    – Y aquí estoy, de paseo con mi hijo.
    Y al decir esto se lo presenta y don Carlos lo miró y entendió lo que le acababa de decir el Ernesto: Juliancito, era el calco del viejo Raúl. (Fin)

    Autor: Manuel Clemente Rodríguez

    Imagen: de la red

  • Cuentos

    LA SOSPECHA

    Mucho tiempo pasaría desde aquel día nefasto en el que se habría de descubrir la trama urdida por el hijo menor de la viuda.
    Por aquellos años solía pasar un verdulero que agitaba la calma de la mañana en el pueblo callado. Ofertaba sus verduras, sus frutas maduras y perfumadas con el aroma consabido de la estación. Naranjas, mandarinas, manzanas traídas de Rio Negro, kiwis. Al cabo de unos minutos, las vecinas salían de sus casas para comprar alguna cosa o para chusmear entre ellas las últimas novedades. El verdulero, que las conocía muy bien, tenía para cada una un comentario referido a lo primero que le llamaba la atención. El caballo, manso y paciente, esperaba la orden de seguir adelante, mientras masticaba algún mato de pasto semiseco. Ese día las vecinas estaban casi en silencio. No hablaban y don Carlos, el verdulero, sospechó que algo fuera de lo común había pasado. No dijo nada, pero sus oídos estaban sumamente atentos a cualquier comentario. Pero nada, ni una palabra. Apenas un ‘buen día’ rápido como si hablar fuera considerado una especie de delación. Eso era, precisamente, lo que flotaba en el ambiente. Escuchó un comentario que le llamó poderosamente la atención: alguien había muerto. Pero la muerte no lo había buscado con el lento carcomer de una enfermedad. Había llegado y en breves minutos se lo llevó: un asesinato.
    Don Carlos no sabía cómo había venido la mano. Un crimen, se dijo pensativo. Poco a poco las mujeres se empezaron a soltar.
    – Lo mataron a don Raúl.
    – Pero quién, como fue, preguntó don Carlos.
    – Mire hasta ayer andaba, como todos los días, caminando por el barrio. Fue a la nochecita cuando nos enteramos. Lo van a velar recién después del medio día porque la policía tiene que hacer una autopsia pues se trató de un crimen. Lo encontraron con un golpe feroz en la cabeza.
    Nadie sabía nada. El barrio quedó sumido en un gran silencio.
    Cuando terminaba la recorrida, don Carlos regresaba a su casa. Ese día terminó antes. Tal vez sea porque la gente quedó impresionada, se dijo don Carlos. Lo cierto fue que cuando llegó a su casa, su esposa lo primero que le dijo,
    – ¿Te enteraste?,
    – De qué tengo que enterarme, le dijo Don Carlos.
    – Lo mataron a Raúl y parece que fue alguien de la familia.
    – Si me enteré, pero nadie me dijo nada. Parece que no quieren hablar del tema.
    Don Carlos se calló. No sabía muy bien por qué no quería hablar del asunto, aunque sus pensamientos volvían sobre Raúl, un buen hombre, al menos eso creía él. Se sentó para el almuerzo y prendió el televisor, pero sus pensamientos volvían sobre el pobre Raúl. Siempre pensé, se dijo a sí mismo, que no era bueno para él juntarse con la Raquel. Nunca se lo había dicho. La Raquel no es mala pero ya había estado con varias parejas y siempre sus separaciones terminaban mal. Claro, ¿qué separaciones terminan bien? Tendré que ir al velorio. Comió casi sin darse mucha cuenta de la riquísima sopa que había preparado su esposa. Del televisor ni se acordó. Lo miraba sin verlo. Cuando terminó su almuerzo fue a echar una siesta.

    Continuará.

    Autor: Manuel Clemente Rodríguez (Manu)

    Imagen: De la red

  • Cuentos

    EL NIÑO Y EL PERRO

    Un niño llamado José, todos los días cuando no estaba en la escuela, recorría el pueblo con su perro.
    Llegaba a todas las casas que podía para preguntar si no necesitaban algo, estaba siempre dispuesto a hacer mandados.
    Era muy conocido en el pueblo además de ser muy querido por todos, nunca se negaba a lo que los vecinos le pedían.
    Nadie pedía algo que un niño no pudiese hacerlo, y ahí él con su perro, firmes a cumplir con lo que le pedían.
    Por cada mandado o tarea le daban una moneda que no pedía y las iba juntando, al final del día se las daba a su madre, era de familia muy humilde.
    Así pasaba sus días para poder ayudar en las compras de alimentos para sus hermanos pequeños.
    Dónde iba, su perro lo seguía, se habían vuelto inseparables, tanto el sentimiento entre ambos, que no se los veía solos.
    Si veían al animal frente a un comercio José estaba dentro realizando compras.
    Una tarde fría de invierno el niño encontró a su perro agonizando e intentó todo para que mejorase.

    Todo lo que hizo y buscó, no dio resultado, su mascota terminó falleciendo, eso entristeció mucho al niño.
    Ya no era el mismo sin su perro, con el pasar de los días se lo dejó de ver a José, y en el pueblo se preocuparon por él.
    Cuando de la escuela lo fueron a ver, estaba en su casita simple muy enfermo en cama.
    Llevaron a un médico que lo trató pero nada pudo hacer por él, se encontraba muy grave.

    Decidió que lo internaran en un hospital en la ciudad, no dio garantía de que pudiese mejorar aunque haría todo para eso.
    A los cinco días el pueblo lloró su muerte y la escuela permaneció cerrada estando de luto.
    Un anciano sentado frente a la sede vecinal del barrio donde el pequeño era velado miró al cielo.
    Llorando dijo en voz alta para que todos escuchasen.
    –Se fue el niño y el perro, nada será igual, no pasará su figura con su mascota siempre juntos–
    Así todos despidieron a José que, como su perro se ganaron el cariño de todos.
    Con el tiempo la única plaza del pueblo pasó a llamarse Plaza José y en ella un monumento al niño con su perro. 

    Autor: Poeta uruguayo Miguel Márquez

    Imagen: de la red

  • Poesía

    ARROGANCIA

    ÍCARO Y DÉDALO

    Del laberinto oscuro alzó su vuelo,
    Dédalo dio a su hijo alas de engaño,
    frágiles dones, sueño tan extraño,
    que lo elevaron libre hacia el cielo.

    Mas Ícaro, embriagado en su anhelo,
    despreció la prudencia del tamaño,
    y en ímpetu de gloria, en tardo apaño,
    buscó la llama ardiente del consuelo.

    El sol, severo juez de la osadía,
    licuó la débil cera de su suerte,
    y el mar lo recibió con agonía.

    Así nos deja ejemplo en su caída:
    que al hombre, por querer rozar la muerte,
    le cuesta cara a veces la subida.

    Malania

    Imagen: de la red

    El simbolismo:

    La historia de Ícaro es una parábola sobre el peligro de la arrogancia excesiva y la ambición desmedida También simboliza la importancia de la moderación, el equilibrio y el conocimiento de los propios límites, así como las consecuencias de desafiar las leyes naturales.

  • Poesía

    LAS ROSAS DE LUISITA

    Para quien florece aún en cada pétalo

    En el rincón callado del jardín,
    donde la luz despierta con ternura,
    brotan las rosas que una vez sus manos
    plantaron con amor y con dulzura.

    Ya no está Luisita entre nosotros,
    y sin embargo, el viento trae su risa
    cuando el pimpollo blanco, tibio y suave,
    se abre al sol con gracia y sin prisa.

    Primero es un susurro amarillento,
    como un recuerdo tímido en la brisa.
    Luego el color se enciende, se transforma,
    rosado pálido, rosado en brisa.

    Algunas guardan tonos matizados,
    como si hablaran de su alma sencilla.
    Cada flor lleva un eco de su paso,
    y en su perfume vive Luisita.

    No hay muerte cuando el amor florece.
    Ella vive en el canto de estas rosas.
    En cada brote nuevo, cada espina,
    su memoria se hace eternamente hermosa.

    Malania

    Imágenes: L.M.R. (Neca) y propias