TACURÚ
Los tacurúes son construcciones de tierra hechas por hormigas. Allí viven y a veces la comparten con termitas. Pueden alcanzar más de un metro y medio de altura.
Suelen elegir predios abandonados, pero el de la foto no es el caso porque la gente circula por allí todos los días y hasta se pueden sentar a compartir unos mates a la sombra de un árbol, mientras lo observa a ver si sale alguna hormiga, pero no. Si no se las molesta, no hacen nada. No se las ve durante el día porque permanecen dentro de su nido.
El nombre científico de estas hormigas es Camponotus punctulatus. Es nativa de Argentina. También se pueden ver los tacurúes a los costados de las rutas.
No comen cultivos, pero los tacurúes son tan duros que no se pueden deshacer fácilmente, por lo que igual ocasionan problemas a los productores ya que se necesitan máquinas para destruirlos antes de sembrar.
Algunos pequeños productores los queman pero no sería ésta la solución.
Armar un plan para prevenir su aparición en otros lugares sin utilizar productos químicos sería lo ideal.Malania
Imagen destacada: R. E. S.Imagen al pie: de la web
ATARDECER DISTINTO
Hoy te recuerdo
como niño sonriente.
Paseo en campo.Joven alondra
en borracho atardecer
sigue su suerte.Malania
Imagen: J. A. T.
LA PERRA CHOLITA
Lejos del invierno gris los días previos al de Navidad, y también al Nuevo Año, el hemisferio se cubría de un calor, no solo diurno sino también nocturno, sofocante e interminable.
Los fuegos artificiales aturdían a cualquier hora del día pero más cuando caía la noche.
El día de fiesta se cubría de luces por el aire, como si festejar con pirotecnia era la única manera de recibir a esas fechas con el agregado de abundante comida y bebida sobre todo en hogares más pudientes económicamente.
Uno de esos días, no recuerdo exactamente cuándo, mientras el viento conjugaba a su manera algún verbo, los estruendos terminaron y las luces se apagaron, el silencio fue interrumpido por ladridos de perros, algunos extraviados en el espacio y el tiempo.
Al amanecer,-mi padre siempre se levantaba muy temprano-, encendió la cocina a leña y se dispuso a preparar el mate como lo hacía todos los días. Pero esa mañana fue diferente. A sus buenos y sanos oídos llegaba el gemido de un animal que desde la ventana de la cocina no podía distinguir bien qué tipo de animal era, aunque supuso que era un perro. Y no se equivocó porque al acercarse y levantar las ramas del árbol lleno de flores color naranja, de esas que son las preferidas por mariposas y colibríes, vio a la perra pequeña que estaba acurrucada contra el tronco de la planta. Lo miró muy asustada y quiso disparar pero una de sus patas estaba lastimada y no pudo hacerlo. Mi padre le acercó agua y comida, y la dejó, pensando que se iría luego a buscar su hogar. Pero al rato vio como la perrita color canela caminaba renga hacia la casa. Su mirada con un inigualable brillo y su movediza cola eran signos de agradecimiento por la atención recibida.
Nadie nunca la buscó. Desde ese día fue la fiel mascota y su compañera de caminatas. Mi padre recorría una legua desde la casa del pueblo hasta el campo donde trabajaba prácticamente de sol a sol. Ambos compartían el almuerzo y alguna que otra galleta que comían a deshora.
Un día Miguel, -mi padre- tuvo que viajar a la ciudad para realizar un trabajo en casa de su hermana Julia. Mi hermano mayor lo llevó a la terminal de ómnibus en su Fiat 600 color azul marino. Ninguno de los dos se dio cuenta que Cholita, la perra, se subió y se escondió detrás del asiento entre las cosas que llevaba mi padre para regalar a su hermana. Cuando comenzaron a bajar los productos de campo –zapallo, mandioca, batatas, choclos- la perra se las ingenió y bajó sin que se dieran cuenta. Cuando paró el colectivo, Cholita se mezcló entre los pasajeros sigilosamente, ascendió al transporte y se acostó debajo de un asiento y nadie la delató. Al llegar a la ciudad, Cholita detrás de papá Miguel llegó a la casa de mi tía Julia. Pero como la mujer no soportaba tener animales en su casa, le dio un día de plazo para que la devolviera a su hogar del pueblo. Mi hermano mayor tuvo que hacer ese viaje de cincuenta kilómetros de ida y lo mismo de vuelta, para buscar a la perra.
Mi padre estuvo ausente de su casa durante dos semanas y la perra no quería comer solo tomaba agua y leche, a pesar de la insistencia de parte de mi madre.
Cuando papá Miguel regresó, la perra bailaba de contenta. Recuperó su peso y siguió viviendo feliz junto a su amo.Basada en una historia real.
Autora: Malania
Imagen de la red
MASITAS SUELTAS CON YAPA
Como lo he afirmado antes, la vida puede ser el paraíso o el infierno, todo depende de la pintura con la que la coloreemos. También depende de los condimentos que podamos ponerle para saborear vinagre, pimienta y sal o azúcar y dulces frutos; a veces cosechamos los frutos que antes sembramos.
Algunos podrán estar de acuerdo con esto y otros no.
Cuando era niña, más allá de las necesidades que se pasaba (no solo yo, otros niños también), me sentía feliz con muchas cosas que ocurrían durante el día y lloraba cuando la maestra tomaba lección de sorpresa y no había estudiado lo suficiente. Si bien leía muy bien desde pequeña, me costaba interpretar los textos sobre todo los de Historia, que admito, nunca tuve especial aprecio por esa materia (Asignatura que hoy forma parte de la llamada Ciencias Sociales). No usaba mochila, cosa que no existía, sino portafolios o cartera de cuero. El cuero era bastante económico y duraba mucho, tanto que cursé los siete años de la escuela primaria con la misma cartera. Si al finalizar las clases, sobraba un pedazo de lápiz o un trozo de goma, mi hermana mayor se encargaba de guardarlo muy bien para el próximo año. Y de los lápices de colores, ¡ni hablar! se hacía lo mismo.
Recuerdo mi camperita de lana tejida color rojo. De tanto apoyar mis brazos sobre el pupitre, se me rompió en los codos, y mi hermana, que había estudiado en la Escuela Profesional de Mujeres y era modista, se encargó de colocar prolijamente en ambas mangas dos remiendos que más que eso parecían adornos. Al año siguiente la pude volver a usar en el invierno hasta que me quedó chica y la tuve que dejar. Si mal no recuerdo mi madre se la regaló a la nieta de una conocida. Y digo así porque ella no tenía amigas. Todo el día se pasaba trabajando y terminaba cansada como para hacer sociales, eso nos decía. Además siempre opinó que juntarse a tomar mate o ir de visitas a casa de las vecinas era indicio de chismerío. Salvo alguno que otro domingo salíamos toda la familia, mi padre, mi madre, mi hermana y yo a casa de mis tíos, hermanos de mi madre. La única hermana que tuvo había fallecido cuando daba a luz a hijas mellizas. Los hermanos de mi madre vivían en el campo y esos lugares nos encantaban porque el lugar era propicio para jugar por el inmenso patio de tierra que tenía y muchos árboles que nos daban su sombra. De mis hermanos varones no recuerdo, seguramente se quedaban cuidando la casa.
Mis tías eran muy buenas para la cocina así que siempre nos esperaban con “jruschiqui” (llamados así en ucraniano a unas tortas fritas dulces cubiertas de azúcar). Al atardecer volvíamos a casa para ir a dormir cuando apenas entraba la noche, porque al otro día todos nos levantábamos temprano, aún en vacaciones. Además había que ahorrar el combustible de las lámparas. En esa época, o al menos en casa, no contábamos con electricidad. Tampoco con agua potable de red.
Y para volver al tema de mi felicidad, lo era cuando recibía buenas notas en la escuela y las maestras me felicitaban. No recuerdo malos tratos, creo que eso no existía, tampoco se sabía nada de bullying. Si alguno se burlaba de otro, era sancionado con quedar frente a todos “de plantón” o suspendido, y sin poder asistir a clases por varios días. Los maestros eran respetados.
Y lo que más me ponía contenta era cuando mi madre salía de compras al “almacén de ramos generales” hoy día llamado supermercado, una vez al mes. Siempre me traía masitas dulces surtidas con huevitos de colores, esas que tenían forma de animalitos. Creo que todavía se consiguen pero en bolsitas, antes se compraban sueltas y las envolvían en papel de estraza (papel madera o kraft). Compraba un poco de acuerdo al dinero que le alcanzaba. Pero el dueño del almacén, don Basilio, siempre le daba con “yapa” porque sabía que nuestra situación económica no era de la mejor. Mi madre siempre decía que prefería y rogaba que la atendiera el buen hombre y no su mujer, doña Teresa, porque ella era muy mezquina y en vez de dar demás, siempre daba de menos.Cuando hablo de esto con mis hijos, suelen decirme que hoy día la situación es diferente, los tiempos han cambiado. Y es verdad, pero el ser felices o sentirnos bien con pequeñas cosas no cuesta nada. Cuidar lo que tenemos para no generar gastos innecesarios, tampoco es imposible.
La cuestión es dar valor a lo que uno tiene y no quejarse siempre. A la larga hace mal al que se queja y quizás también a los que lo escuchan.
Y como lo hacía Don Basilio, con “la yapa”, hacía sonreír y sonrojar a mi madre y a mí me hacía feliz con más galletitas dulces. Una sonrisa puede ser la mejor manera de ser y hacer feliz al otro.Malania
Imagen propia.
LA CAJA DE COLORES
Escuela de campo.
El primer día de clase, no hay mochilas, cuadernos ni lápices.
Con manos casi vacías, con una bolsita de plástico y en su interior un trozo de pan y un trapito de pañuelo.
Los padres tareferos, apenas ganaban para comprar lo esencial y así mantener su hogar.
Con sus alpargatas mojadas los días de lluvia a clase asistían igual.
Desayunaban en la escuela y antes de la salida recibían su ración de comida.
Si un plato sobraba lo pedían y llevaban para su hermanito menor o para su abuela.
Les gustaba dibujar y con colores pintar, con lápices que juntaban
año tras año en una caja de cartón muy particular.
Nada se tiraba, todo servía.
La maestra les compraba los fibrones de colores y los lápices de palo porque eran los que más duraban.
Al terminar las clases la caja quedaba guardada en el armario marrón desteñido por los años.
Durante las vacaciones los vecinos cortaban el pasto para que luzca bonita
la escuela que mucho querían.
Mataban a las hormigas para conservar el jardín que muchas flores tenía, sobre todo rosas y un jazmín.
Al comenzar las clases se abría el armario, se sacaba la caja y lista en mano los mismos niños controlaban si estaban todos los colores:
diez amarillos, diez verde claro, diez azules, diez anaranjados…y más.
Y así de diez en diez todo estaba contado.
Nunca olvidaré la tan querida caja de los colores de palo.Malania
Imagen propia
EL VIEJO CUADERNO DE POEMAS
Un árbol de lapacho, una flor, un ave o cualquier otro animal, el ocaso o la aurora boreal, el río revoltoso o el gigantesco mar. Y la lista puede continuar, con aquello que hace bastante tiempo me inspiraron a escribir versos y poesías de las de antes, (y por qué no de ahora también) con versos de métrica perfecta y rima asonante o consonante, porque así eran las poesías formales y clásicas. Fueron mis primeras poesías escritas en un cuaderno, para ocupar el tiempo los días de lluvia en una escuela de campo.
Sin que me diera cuenta, el cuaderno venía siendo espiado por alguien que no le gustaba escribir, leer poesías ni poemas, porque tampoco le gustaba la asignatura de las letras.
Convivíamos y nos llevábamos muy bien. Cuando me di cuenta que lo que yo escribía provocaba dudas y celos, no hubo más inspiración ni tampoco, quizás por egoísmo natura o por amor propio, no quise explicar cuál era el motivo de mis escritos. Ni sabía si había un motivo, solo escribía. Era feliz haciéndolo, me sentía plena.
Un día me enojé conmigo misma, arrojé el cuaderno al termo tanque y lo quemé. Algunas letras evocando el amor latente o ausente, también se murieron incineradas.
Por supuesto que hasta el día de hoy me arrepiento de aquel arrebato a mi inspiración, ya que nunca más recuperé lo que había escrito. El fuego todo lo destruyó y mis deseos de seguir escribiendo se volvieron cenizas por mucho tiempo. Me arrepiento de no haber sabido enfrentar la situación.
Pero siempre hay un después, capaz de hacer surgir una llama que, por más pequeña que sea, vuelve a dar luz a un corazón solitario y enamorado de la vida para poder volver a escribir.
Hoy dos búhos ilustran mi escrito porque me dan mucha ternura viéndolos juntos y armónicos. Me transmiten amor y paz.Malania
Imagen: R. E. Ch.
COMO UN ÁTOMO
Inverosímil o no, creyó verlo en la noche, cotejado por el movimiento silencioso de las estrellas que iluminaban el campo de aterrizaje.
Percibió una energía diferente y no estaba segura de que lo que pisaba, eran cimientos de la realidad o estaba volando en el firmamento.
No se resignó, pero sí permaneció estoica ante lo imperceptible en su mundo.
Entonces sacó una hoja en blanco de su agenda y escribió algo que estuvo hilando hacía rato: “Eres como un átomo que no se puede ver ni tocar”.
Zigzagueó entre la multitud, mientras doblaba el papel sin perderlo de vista. Lo alcanzó y sin que se diera cuenta puso el papel en el bolsillo del saco gris plomizo del esbelto y silencioso caballero.
Ella dio media vuelta y se perdió entre el gentío, que avanzaba como tropa salidas de un corralón.
MalaniaImagen propia
POR UN CAMINO NEVADO
Con cierta expresión confusa pero tierna, ella, con la mirada y el corazón, seguía buscando por el camino de la vida un nombre que no encontraba.
Cerraba los ojos y lo veía con todos los rasgos característicos que no se le borraban. Sentía un mundo demasiado distante, demasiado elevado. Él era doctor en leyes muy destacado.
Aunque pensaba, que “el resto” también puede estar presente aquí o allá, al final del recorrido.
El camino y los campos estaban cubiertos de nieve. Las montañas parecían vestidas con bonetes blancos. Si hacía frío ella no lo sentía en la piel, pero sí en el corazón.
A veces duele más el alma que el cuerpo, -pensaba- y no hay remedio para curar eso. O sí, pero de esos que dopan y emborrachan. No sirve, porque cuando pasa su efecto el dolor se vuelve más grande aun.
Quizás el pasado no muy lejano, que recordaba casi a diario y en cualquier momento, marcó aquellas horas solemnes que pasaron juntos.
Al final del camino nevado reflexionó y pronunció como en susurro:
Cada cual puede rehacer la obra de su vida a su manera, con topetazos desordenados o en armonía. Depende de cada uno.Imagen: C. J. V.
CABALLO HERIDO
Sumamente desagradable,
un apache,
que decía ser virtuoso,
siempre acompañado por un lacayo,
el dueño de semejante caballo.
Era una bestia al montarlo
al galope cabalgando,
aunque la gente decía
que más bestia era el jinete
cuando usaba las espuelas
lastimando su verija.
Con gruñidos se quejaba
siguiendo la cabalgata.
Pero un día se empacó
y a su amo derribó,
por todos sus malos tratos.
Relinchando y al galope
campo afuera disparó.
Nadie supo adónde fue,
como por arte de magia desapareció
y su amo nunca más lo encontró.Imagen: R. E. Ch.
LOS DÍAS DE SERAPIO
Lejos de ser campo desolado sin cultivos,
Serapio se encargó de plantar
a su antojo y libre albedrío.
Con su azada y su pala abrió surcos
y sembró semillas, plantó esquejes y bulbos,
nada para vender, todo para su consumo
y el de sus mascotas.
Para él su familia son los animales,
un gallo cantor, un gato maullón, varios perros,
y unas cuantas gallinas que ponen huevos,
los suficientes para su consumo.
Las encierra por las noches
por las comadrejas intrusas
y así evitar escaramuzas
con sus amigos los perros.
El gallo es su despertador
con su canto mañanero,
y el ladrido de los perros
ahuyenta a los malevos.
El gato con su destreza
limpia la casa con fortaleza,
de insectos y roedores
para evitar que se contaminen
los escasos alimentos
manteniendo limpio el ambiente.
Los perros acompañan a Serapio
a buscar agua de la vertiente
y la leña seca que busca del campo.
El gallo queda de jefe
con su ayudante el gato.
Las gallinas cacarean
orgullosas por el buen trato.
Serapio plantó batatas,
mandioca y mucho zapallo,
es lo que más le gusta
porque cosecha todo el año.
Sembró maíz, verduras y otras legumbres,
por necesidad y por costumbre,
y a veces la incertidumbre
lo pone de mal humor
cuando hay heladas sin lluvias
o está muy caliente el sol.
Y así transcurren los días
de Serapio y sus mascotas
en total monotonía,
pero aún así es feliz en su choza.
Paredes de madera y bosque
chapas de cartón y estrellas
de cubierta para el sol de día
y la misteriosa noche.Imagen: M.J.T.