REGALOS VACÍOS
Llegan las manos temblorosas,
niños, ancianos, almas en tránsito,
despertando una chispa de fiesta
ante las cajas vestidas de colores.
El papel brillante se desgarra
como un amanecer que promete abundancia,
y en los dibujos de frutas, cereales y pasteles
respiran su perfume imaginado.
Creen tocar la salvación con los dedos,
pero al abrir la entraña de cartón
solo encuentran un hueco frío,
un silencio que golpea fuerte y vacío.
La nada les estalla en los ojos,
la ilusión cae hecha polvo sobre el suelo,
y el llanto —viejo y nuevo—
se mezcla con la nube de sombras al vuelo.
Porque cada caja, tan perfecta, tan radiante,
es apenas una sonrisa cruel disfrazada de promesa,
una ausencia envuelta con esmero,
un espejismo que se deshace entre sus manos.
Y allí, en la hondura de ese vacío,
se revela una oscuridad antigua,
ligera como un alma cansada
que ya partió hacia el otro lado del valle,
dejando solo el eco
de lo que pudo haber sido alimento,
y fue nada.
El hambre continúa, danza en la panza,
y en burbujas de aire se desplaza.
Malania
Imagen propia
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