GUIRNALDAS
El sonido de los grillos era el único acompañante de don Mateo en aquella noche estrellada, como muchas otras noches. El pueblo dormía, pero en su corazón latía una mezcla de emoción y nerviosismo. Había pasado días decorando el sendero que llevaba a su pequeña casa, transformándolo en un túnel mágico de luces cálidas y guirnaldas coloridas.
Parece que las luciérnagas han bajado a visitarnos -murmuró para sí mismo-, contemplando cómo los banderines de colores, ahora iluminados por las pequeñas bombillas, bailaban suavemente con la brisa nocturna. Quería que la bienvenida fuera perfecta. Quería que el primer paso que ella diera de vuelta a casa fuera sobre un camino de alegría.
Con un suspiro, don Mateo se sentó en el banco de madera que había colocado a la entrada del sendero. Estaba vacío, un recordatorio silencioso de la ausencia que pronto llegaría a su fin. Sus dedos, callosos por el trabajo de jardinería, acariciaron la madera pulida, mientras sus ojos se clavaban en la oscuridad del camino principal, esperando divisar la figura que anhelaba.
¿Y si no le gusta? ¿Y si prefiere el bullicio de la ciudad? -los fantasmas de la duda comenzaron a rondar su mente-. Pero la imagen de su nieta, la pequeña Lucía, con su risa contagiosa y sus ojos llenos de curiosidad, disipó cualquier rastro de inseguridad. No importaba la edad que tuviera, ella siempre sería su pequeña exploradora.
El tiempo pasaba lentamente, pero la determinación de don Mateo no flaqueaba. Se levantó y ajustó una de las bombillas que parecía estar parpadeando. Luego, regresó al banco, dispuesto a esperar todo el tiempo que fuera necesario.
Y entonces, en la distancia, un destello de luz. El coche de su hijo asomaba por la curva. El pulso de don Mateo se aceleró. Se puso de pie, su mirada fija en el vehículo que se acercaba.
El coche se detuvo y una figura joven y esbelta descendió. Era Lucía, pero no la niña que recordaba. Había crecido, se había convertido en una mujer hermosa y segura de sí misma.
¡Abuelo!, -gritó, corriendo hacia él-.
Don Mateo no pudo contener las lágrimas. La abrazó con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume, que le evocaba recuerdos de tardes de verano y risas compartidas.
Bienvenida a casa, mi niña, -susurró-, con la voz entrecortada por la emoción
Lucía se separó un poco, sus ojos brillando con lágrimas de alegría. Contempló el sendero iluminado, las guirnaldas de colores que se mecían suavemente con el viento.
“Es… es hermoso, abuelo”, dijo, su voz apenas un hilo. “Es el camino más bonito que he visto nunca”.
Don Mateo sonrió, su corazón rebosante de felicidad. Tomó la mano de su nieta y, juntos, comenzaron a caminar por el sendero iluminado.
Teníamos mucho que contarnos, pero el banco vacío ya no lo estaba. Ahora, estaba lleno de risas, de recuerdos y de la certeza de que el amor, como las luces del sendero, siempre brilla con más fuerza en la oscuridad.
Malania
Imagen: M. Julián T.
DESAYUNO
NUNCA CAMINARÁS EN SOLEDAD
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4 Comentarios
miguelmarquez
Muy bueno amiga 😃😃
Malania Nashki
Muchas gracias Miguel.
Buen día jueves.
atardecerensantboidellobregat
Mi querida Elsa, qué bonito y tierno relato. El tiempo pasa inexorablemente, pero el recuerdo de los seres que amamos queda siempre en nuestro corazón. Un reencuentro abuelo-nieta que llega justo en el momento en que los abrazos más se necesitan.
Un abrazo enorme con todo mi cariño.
Malania Nashki
Muchas gracias querida amiga Marina.
Me alegra mucho saber que te ha gustado.
Y es así como dices, el encuentro o reencuentro como en este caso, son emocionantes.
Espero tu visita siempre.
Un abrazo desde aquí a mi querida Barcelona.
Besos