Cuentos,  Relatos

PATAS Y GARRONES

Había decidido ampliar su vivienda, ya que cuando la compró en la ciudad con el dinero que le pagaron por su enorme casa de pueblo con patio y jardín, tenía solamente dos ambientes y según ella, era muy pequeña para vivir con su hija única, Chita. En la ciudad las propiedades son más caras que en los pueblos.
Económicamente no estaba muy bien pero, también contaba con unos ahorros y antes que se le terminen en gastos superfluos, prefirió comprar materiales de construcción.
El hermano de la tía Julia, Mijailo, era albañil, y aprovechando que estaba sin trabajo en ese momento, ella decidió ayudarlo de alguna manera –eso fue lo que dijo- y lo contrató –sin contrato escrito, por supuesto-
Mijailo vivía en un pueblo cercano por lo que el día que debía viajar a la ciudad donde vivía su hermana Julia, preparó todas las cosas necesarias para el trabajo que debía realizar, y su hijo mayor lo acercó a la parada de colectivos en su Fiat 600.
Lo que no se dieron cuenta fue que mientras ellos cargaban las cosas la perrita del hombre se había acomodado en la parte de atrás del auto. Llegaron a la parada con el horario justo y el colectivo ya estaba, por lo que apurados bajaron y trasladaron las pertenencias que, ayudados por el guarda del colectivo de media distancia colocaron en el baúl del ómnibus. Aprovechando ese momento, la perrita llamada Cholita sin mucho pensar, se subió al colectivo antes que Mijailo y se acomodó debajo de un asiento que estaba vacío, lugar que luego fue ocupado por su dueño. A mitad de camino, algo se le movió entre sus pies, y recién en ese momento se dio cuenta que Cholita le estaba acompañando.
La tía Julia no tenía mascotas y tampoco las apreciaba, así que le pidió a su hermano que de alguna manera se librara de ella. Tuvo que llamar por teléfono –fijo porque antes no había celulares-  para que su hijo la vaya a buscar.
A pedido de Julia, su hermano compró cuatro patas de vaca y cuatro garrones y se las llevó. Con eso ella preparó jalea o gelatina, con algunas hierbas, ajo, y los pocos condimentos que tenía. Una vez lista la comida, guardó en la heladera en diversos botes –fuentes- para que se solidificara. Salió tanta cantidad que comieron la jalea durante una semana, por lo que Mijailo pensó: nunca más le llevo patas y garrones, ya que se hartó de comer lo mismo durante muchos días seguidos, y por supuesto, cumplió, a pesar de los ruegos de Julia.
Terminada la obra de construcción, Mijailo esperaba el pago. Pero su hermana lo único que pudo darle –según ella no tenía más en ese momento- fue para su pasaje de regreso al pueblo.
Pasaron los días, semanas y meses, y a pesar de los reclamos de su hermano, que había trabajado casi un mes en esa obra, nunca recibió la paga. Ella sabía que él tenía familia y necesitaba el dinero, pero vaya a saber los motivos y su situación económica, jamás fue a saldar su deuda. Por suerte la esposa y los hijos de Mijailo nunca se lo reclamaron.
Después de algunos años, Julia falleció. Su hija no dio aviso a los familiares del pueblo donde había nacido y habían tenido esa casa grande con patio y jardín.  Realizó en secreto los trámites en la oficina correspondiente, mandó a hacer el pozo para el entierro, y la trasladó en el coche de la funeraria directamente al cementerio.
Cuando se enteraron los hermanos y algunos sobrinos, fueron a visitar la tumba al poco tiempo, llevándole velas y flores.   

Malania

Imágenes: de la red

4 Comentarios

Dejá tu comentario